El bachiller que incomoda
El
nombramiento del primer ministro del Gobierno del Cambio, señalado con ligereza
por no ostentar títulos universitarios sino el grado de bachiller, ha reabierto
un debate que Colombia conoce bien: ¿quién decide qué saber ---saber, saber
ser, saber-hacer--- vale para gobernar? ¿Desde cuándo la dignidad, la
experiencia vital y el liderazgo social quedaron subordinados a un cartón
colgado en la pared o en el archivo muerto de una oficina?
Por:
Jefferson Montaño Palacio
No se
trata de despreciar la formación académica ni, mucho menos, relativizar la
importancia del conocimiento técnico o profesional en la gestión pública.
Gobernar exige capacidades, equipos sólidos y responsabilidad institucional.
Pero reducir la idoneidad a la posesión de un título es una forma elegante ---y
persistente--- de exclusión. En Colombia, el saber nunca ha sido patrimonio
exclusivo del aula universitaria. El maestro Estanislao Zuleta, uno de los
pensadores más lúcidos y provocadores del país, construyó una obra intelectual
sólida y vigente sin haber pasado por la universidad, formado más bien en la
lectura rigurosa, la reflexión crítica y el diálogo permanente con los clásicos.
Algo similar ocurrió con Manuel Murillo Toro, dos veces presidente de la
República de Colombia en el siglo XIX, quien alcanzó la más alta dignidad del
Estado siendo apenas bachiller, sostenido por su talento político, su ética
pública y su comprensión profunda del país.
Colombia
tiene memoria corta cuando conviene, pero su historia es elocuente. La concentración
del poder burocrático en manos de una élite ilustrada; el acceso al gobierno
siempre estuvo mediado por el tono de piel, el apellido y la cercanía a los
centros urbanos del saber. No son casos aislados Jorge Eliecer Gaitán, aunque
fue antes un autodidacta precoz forjado en la tribuna y en la calle; José María
Vargas Vila, sin títulos universitarios formales, influyó decisivamente en el
pensamiento político y literario latinoamericano; y en el siglo XX, líderes
sindicales, intelectuales populares y maestros rurales han demostrado que el
conocimiento también se produce desde la experiencia, la lectura autónoma y la
lucha social.
A lo
largo de su historia reciente, líderes provenientes de territorios históricamente
olvidados han sido sometidos a un escrutinio más severo que el aplicado a las élites
tradicionales. En esté contraste, los errores de quienes portan apellidos ilustres
o diplomas extranjeros suelen ser interpretados como simples tropiezos
técnicos.
El
problema no es el bachillerato; el problema es el prejuicio. Un prejuicio
racial y de clase con raíces profundas en la formación misma del Estado-nación,
construido históricamente por y para una élite blanca-mestiza que monopolizó el
saber legítimo, el poder político, la administración pública y la riqueza. Es
la incapacidad de reconocer que el conocimiento también se produce en la lucha
social, en la administración comunitaria, en la negociación territorial, en la
defensa de derechos colectivos. Hay saberes que no caben en un pénsum universitario;
sin embargo, resultan decisivos para comprender un país atravesado por la desigualdad
y el desconocimiento.
Ejemplos
sobran, y no son anecdóticos, sino estructurales, es decir, culturales. Cada
vez que una mujer afro, un líder indígena o un dirigente popular asume un cargo
de alta responsabilidad, el debate se desplaza rápidamente de las ideas y los
programas hacia su hoja de vida. No se pregunta qué propone, sino “que estudio”;
no se analiza su proyecto de vida, sino su acento, su color de piel o su
trayectoria no tradicional. Ese es el verdadero sinsabor: la sospecha y el
prejuicio permanente sobre nuestra legitimidad.
El Gobierno
del Cambio prometió ampliar la democracia, no solo en las urnas, sino en el
acceso al poder. Esa promesa tiene una carga histórica: romper con un orden racial
implícito que durante décadas reservó los ministerios, los altos cargos y la
palabra autorizada a quienes encajaban en el molde del funcionario “civilizado”,
educado bajo parámetros europeos y ajeno a las realidades de los territorios periféricos.
Esa promesa incomoda porque desordena las jerarquías heredadas. Reconocer a un
ministro o alto funcionario por su liderazgo y compromiso social es reconocer
que el Estado también puede aprender de quienes han sido históricamente gobernados
sin ser escuchados.
Por
eso, más allá de los títulos, el verdadero examen será el de la gestión, la
ética pública y la capacidad de transformar realidades. Allí es donde se mide a
cualquier funcionario, venga de donde venga.
Siempre
tendremos que convivir con el sinsabor del menosprecio que sienten ciertas élites
cuando los pueblos indígenas y afrodescendientes llegamos a cargos de alta
responsabilidad. Ese menosprecio no es nuevo: es la herencia de un país que
negó durante siglos la humanidad plena de estos pueblos y que hoy se resisten a
reconocer su capacidad para gobernar. Cada nombramiento cuestionado por razones
raciales o de clase confirma que el problema no es la falta de títulos, sino el
miedo a perder el monopolio histórico del poder. Pero también con la certeza de
que cada llegada abre una grieta en ese muro.
Finalmente, los invito a que revisen un post que realicé esta semana en mi muro de Facebook sobre mis buenos deseos al nuevo ministro y se darán cuenta de la sociedad que tenemos. Éxitos en la misión encomendada, compañero Alfredo Acosta Zapata, nuevo Ministro de Igualdad y Equidad. Que su gestión sea juzgada por sus resultados y su compromiso con la justicia social, no por los prejuicios de siempre que impone la sociedad.
#ElBachillerIncomoda #GobiernoDelCambio #MinisterioDeIgualdad #AlfredoAcostaZapata

1 Comentarios
Excelente articulo de Jeffersón. Se trata de un serio cuestionamiento a la Meritocracia, que ha establecido la burguesia mundial para controlar el acceso de los hijos del pueblo raso a posiciones de poder y mando, y para culparlos o responsabilizarlos de sus situaciones de pobreza, salvando de responsabilidades al sistema socioeconómico imperante. Es lo mismo que ocurre con los exámenes de admisión a la educación superior, con los cuales se le lava la cara al Estado burgués, ante la su incapacidad de facilitar los cupos suficientes a todos los alumnos que terminan la secundaria y deciden continuar estudios universitarios. En los países socialistas, consolidados, no han existido tales exámenes, ha habido cupos para todos en igualdad de condiciones. Atte, José Eulícer Mosquera Rentería.
ResponderEliminar