Mi voz está con Cepeda
El debate político colombiano que se proyecta el próximo 21 de junio de 2026 me lleva a preguntarme hacia dónde girará el Plan Nacional de Desarrollo 2026-2030. Este plan no solo enfrenta a candidatos o liderazgos; enfrenta, sobre todo, dos maneras profundamente distintas de comprender el Estado-nación, la democracia, la economía y la sociedad misma.
Por: Jefferson Montaño Palacio
Quienes hemos perdido a un hermano menor a causa de la violencia, sabemos que sanar no es un acto instantáneo, sino un camino largo y doloroso. Las heridas permanecen en la memoria, en los silencios familiares y en las preguntas que nunca encontrarán respuesta.
Quienes hemos padecido el exilio forzado conocemos de cerca el desarraigo. Sabemos lo que significa abandonar la tierra que nos ha visto crecer, despedirse de los afectos y reconstruir la vida desde cero en un lugar desconocido, llevando en tu espalda la nostalgia y la incertidumbre.
Quienes tenemos hermanos, familiares y amigos viviendo fuera del país debido a la violencia, la persecución o las amenazas de muerte, entendemos que detrás de cada historia de migración forzada existe una profunda tragedia humana. Sabemos lo que significa recibir llamadas a la distancia, celebrar ausencias y convivir con la esperanza de un regreso que muchas veces tarda años o raras veces llega.
Por eso, cuando hablamos de Colombia, no hablamos únicamente de estadísticas, discursos o disputas políticas. Hablamos de vidas humanas marcadas por el dolor, de familias fracturadas por la guerra y de una sociedad que aún busca las condiciones necesarias para reconciliarse consigo misma y construir un futuro donde nadie tenga que morir, huir o abandonar su hogar para salvar su vida.
En este caso, figuras como Iván Cepeda Castro y Abelardo de la Espriella representan visiones que podrían marcar el rumbo del país durante la próxima década. Esto va mucho más allá de simples simpatías o antipatías ideológicas, resultaría muy necesario poder analizar con mucha seriedad y serenidad las diferencias sustanciales que ambos proyectos políticos podrían plantear al desarrollo nacional y global.
La primera diferencia radica en la concepción del Estado. Iván Cepeda ha defendido históricamente un Estado con mayor capacidad de intervención para corregir desigualdades sociales, ampliar derechos y fortalecer la presencia institucional en los territorios más periféricos y olvidados. Su visión se articula alrededor de conceptos como justicia social, democratización económica, paz territorial y protección de sectores vulnerables. En contraste, Abelardo de la Espriella ha expresado posiciones cercanas a una visión de Estado más limitado, con énfasis en la seguridad, la defensa de la propiedad privada, la confianza inversionista y el fortalecimiento de las libertades económicas como motor principal del crecimiento.
Una segunda diferencia aparece en la política económica. Mientras una eventual propuesta liderada por Cepeda probablemente buscaría profundizar reformas orientadas a la redistribución de la riqueza, el fortalecimiento de la economía popular y la regulación de sectores estratégicos, De la Espriella podría impulsar una agenda basada en la reducción de cargas regulatorias, incentivos al sector empresarial y una mayor participación del mercado en la generación de oportunidades. En términos pragmáticos, uno privilegia la intervención estatal como herramienta de equidad social; el otro deposita una mayor confianza en la capacidad del sector privado para dinamizar el “desarrollo”. ¿A qué se le puede llamar desarrollo?
La tercera diferencia se encuentra en la comprensión de la paz y la seguridad. Cepeda ha sido de los principales defensores de los procesos de paz, la implementación de los acuerdos y los mecanismos de justicia transicional. Para él, el desarrollo nacional está estrechamente ligado a la superación de las causas estructurales del conflicto armado interno. Por su parte, De la Espriella ha insistido en la necesidad de fortalecer la autoridad del Estado y combatir con mayor contundencia a las organizaciones criminales. Su enfoque prioriza el orden público como condición previa para el crecimiento económico y la estabilidad institucional.
En materia de derechos humanos también encuentro contrastes significativos. La trayectoria de Iván Cepeda está vinculada a la defensa de víctimas, movimientos sociales, pueblos étnicos y sectores vulnerados y discriminados. Su visión del desarrollo incorpora la importancia de los derechos fundamentales, suele enfatizar la igualdad ante la ley, la defensa de las libertades individuales y la necesidad de evitar que determinadas agendas identitarias se conviertan en mecanismos de fragmentación social o privilegios políticos.
Para los pueblos indígenas, afroascendientes y campesinos, el debate adquiere una dimensión particular. Un proyecto cercano a Cepeda podría profundizar políticas de acción afirmativa, fortalecimiento de la participación étnica y ampliación de programas sociales en los territorios. Una propuesta liderada por de la Espriella probablemente enfatizará el emprendimiento, la generación de riqueza y la inserción de estas comunidades en dinámicas productivas más competitivas; sin embargo ¿A qué costo? El desafío consiste en determinar cuáles de estas estrategias responden mejor a las realidades históricas de exclusión que persisten en amplias regiones del país.
No obstante, reducir la discusión a una confrontación entre “ideologías” sería un error. Colombia enfrenta problemas estructurales que exigen respuestas complejas: desigualdad, violencia, corrupción, crisis ambiental, rezago educativo y baja productividad. El verdadero reto del próximo Plan Nacional de Desarrollo 2026-2030 será construir soluciones eficaces que trasciendan los discursos ideológicos y produzcan transformaciones verificables en la vida de las ciudadanas y ciudadanos.
Finalmente, desde mi sentir y una mirada crítica, la pregunta central no debería ser únicamente quién tiene la razón, sino qué modelo de desarrollo ofrece mayores posibilidades para construir una Colombia más justa, segura, productiva y democrática.
El país necesita un debate serio sobre el futuro, sustentado en evidencias, resultados y propuestas concretas. En última instancia, serán las nuevas ciudadanías quienes decidan si el próximo ciclo de desarrollo nacional debe profundizar las transformaciones sociales impulsadas desde la justicia distributiva o fortalecer una apuesta basada en la libertad económica y el orden institucional. Lo que está en juego no es una elección más; es la definición del tipo de nacimiento que Colombia aspira a ser durante las próximas décadas.
Como nos compartió en un momento de la vida al calor de un curado el maestro y escritor Calero de la Pava, al despedirse: "en este mundo venimos a perderlo todo, la inocencia, los seres queridos, el amor, y por último perdemos lo qué realmente nos pertenece, que es la vida, e indefendiblemente tarde o temprano la vamos a perder".
¡Yo, me la juego por la vida, me la juego por Iván Cepeda Castro, presidente!

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