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Parque Pacífico: una arrogancia política


Parque Pacífico: una arrogancia política


Parque Pacífico: una arrogancia política 


En el marco del simposio “Pensar la cultura de la ciudad de Cali”, realizado en la Universidad Santiago de Cali, desarrollé mi exposición titulada ¡Entre la ficción y la realidad! a partir de la siguiente que hoy traigo ante ustedes, con el propósito de que pueda ser interpelada, debatida y enriquecida colectivamente. 



Por: Jefferson Montaño Palacio 


El Parque Pacífico no puede seguir siendo una promesa eterna ni mucho menos instrumento al incumplimiento institucional. Más de 20 meses de retrasos, múltiples prórrogas, procesos de incumplimiento contractual y anuncios oficiales que nunca llegan a concretarse han convertido este proyecto en un símbolo de la desconexión entre la administración de Alejandro Eder y las realidades culturales del pueblo afroascendiente y del Pacífico colombiano. 


Lo más grave no es solamente el atraso físico de la obra. Lo verdaderamente preocupante es el mensaje político que transmite: para muchos sectores de Cali, especialmente para el pueblo afro, la cultura del Pacífico sigue siendo importante en el discurso, pero secundaria en la práctica presupuestal y administrativa.


El Parque Pacífico fue concebido y pensado en la administración del gobierno de Jorge Iván Ospina, como un espacio emblemático para exaltar la gastronomía, la danza, la música, las artesanías y la memoria viva del litoral Pacífico. Sin embargo, hoy parece atrapado entre contratistas, burócratas, tecnócratas y cronogramas incumplidos. Según mis reportes recientes, la obra apenas alcanza un avance cercano al 80, mientras las cocinas comunitarias siguen siendo el principal cuello de botella del proyecto. 


La administración del alcalde Alejandro Eder ha insistido en que heredó problemas estructurales y financieros de gobiernos anteriores. Y seguramente existen responsabilidades compartidas. Pero gobernar también implica resolver, destrabar y liderar. Un alcalde no puede limitarse a administrar excusas mientras la ciudadanía observa cómo una obra estratégica para la identidad cultural caleña permanece inconclusa año tras año. 


El urbanista francés Henri Lefebvre hablaba del “derecho a la ciudad” como la posibilidad de que los pueblos participen y se reconozcan en los espacios urbanos que habitan. El Parque Pacífico debía representar precisamente eso: una ciudad que reconoce sus raíces afroascendientes y su relación histórica con el Pacífico colombiano. Pero cuando un proyecto cultural se paraliza durante tanto tiempo, lo que emerge es una sensación de exclusión simbólica. El mensaje parece ser que otras prioridades siempre están por encima de la memoria negra y popular. 


Nancy Fraser sostiene que las injusticias contemporáneas no son solo económicas, sino también culturales y de reconocimiento. Cali, siendo una ciudad mestiza y afro en donde su mayoría es afroascendiente y una de las ciudades con mayor población afro en América Latina, no puede permitirse trataré los proyectos culturales afro como obras accesorio o de segunda categoría. Cada retraso prolonga también una deuda histórica con los personas que han sostenido la identidad cultural de la ciudad. 


Mientras tanto, la ciudadanía empieza a percibir el proyecto como otro posible “elefante blanco”. Medios locales y habitantes del sector han expresado frustración frente al la lentitud de las obras y la ausencia de resultados visibles. Esa percepción erosiona la confianza pública y profundiza el desencanto con las instituciones. 


Aquí planteo una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Por qué en Colombia las grandes infraestructuras para los sectores populares y afroascendientes suelen quedar en retrasos interminables, mientras otros megaproyectos estratégicos avanzan con mayor velocidad política y financiera? La respuesta posiblemente esté relacionada con una estructura histórica de desigualdad racial, territorial y presupuestal que aún persiste en la planeación urbana.


No se trata solamente de cemento, cocinas o senderos. El Parque Pacífico representa dignidad cultural, economía popular, turismo comunitario y memoria ancestral. Su retraso no es únicamente administrativo; es también político y ético.


En algunos apartes Aníbal Quijano propone como la “colonialidad del poder” continúa organizando las jerarquías sociales y culturales en América Latina. Tal vez por ese motivo los espacios ligados a las identidades afro e indígenas continúan enfrentando mayores obstáculos institucionales. Cuando una ciudad posterga indefinidamente un proyecto que debía honrar la cultura del Pacífico, también postergó el reconocimiento pleno de quienes históricamente han sido marginados. 


Cali necesita menos inauguraciones mediáticas y más cumplimientos efectivos. La ciudadanía merece claridad sobre los recursos invertidos, los responsables de los incumplimientos y una fecha definitiva de entrega que realmente se cumpla. Porque una ciudad que abandona sus símbolos culturales termina también abandonando parte de su alma colectiva. 


Y hoy, tristemente, el Parque Pacífico parece más un espejo de la improvisación estatal que un homenaje vivo al Pacífico colombiano. 


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