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¿Por qué perdimos?


¿Por qué perdimos?


¿Por qué perdimos?

 

Las derrotas electorales no deberían convertirse en un ejercicio de búsqueda de culpables, sino en una oportunidad para comprender las razones que impidieron alcanzar la victoria. Las campañas políticas que se niegan a hacer autocrítica están condenadas a repetir los mismos errores. Esa es la pregunta que me ha acompañado desde el cierre de las urnas: ¿Por qué perdimos la campaña presidencial de Iván Cepeda y Aída Quilcué?

 

Por: Jefferson Montaño Palacio 

 

Como enlace departamental de la campaña en el Valle del Cauca, asumí cada responsabilidad con la convicción de que estábamos construyendo un proyecto histórico para Colombia. Nunca he entendido la política como un espacio para obtener privilegios, sino como un compromiso ético con la transformación social. He trabajado muchas veces con recursos limitados y eso nunca ha sido un obstáculo. Sin embargo, en esta campaña la escasez dejó de ser una circunstancia y terminó convirtiéndose en una forma de administración política. 

 

Durante semanas me pregunté, sin encontrar una respuesta satisfactoria, por qué las solicitudes realizadas por líderes sociales y comunitarios, coordinadores territoriales y equipos municipales encontraban siempre el mismo destino: el silencio o la negativa. Resultaba difícil explicarles a quienes recorrían barrios, corregimientos y veredas que no existían recursos mínimos para la movilización, la logística o la pedagogía electoral. Mientras el discurso hablaba de organización popular, muchos territorios sentían que debían sostener la campaña únicamente con su propio esfuerzo. 

 

La política requiere convicciones, pero también capacidad organizativa. Como siempre lo afirmó el maestro Orlando Fals Borda, la participación popular necesita estructuras que permitan convertir la voluntad colectiva en acción transformadora. No basta con convocar al pueblo; es indispensable dotarlo de herramientas para actuar eficazmente. De lo contrario, la esperanza termina chocando contra las limitaciones administrativas. 

 

No obstante, sería un error atribuir toda la derrota exclusivamente a factores externos. También debemos revisar nuestras propias decisiones ¿Escuchamos realmente a los equipos territoriales? ¿Existieron mecanismos claros para distribuir los recursos? ¿La confianza política estuvo acompañada por una administración eficiente? Son preguntas incómodas, pero indispensables. 

 

La ética pública exige que las organizaciones progresistas sean las primeras en practicar aquello que defienden. Como lo dijo uno de los referentes empíricos más destacado de Colombia Estanislao Zuleta, una democracia madura no teme al debate crítico; por el contrario, encuentra en él la posibilidad de crecer. Criticar desde el compromiso no significa destruir un proyecto político; significa intentar fortalecerlo. 

 

Sigo creyendo en Iván Cepeda Castro como un dirigente político comprometido con los derechos humanos y en Aída Quilcue como una lideresa que representa la dignidad de los pueblos indígenas. Precisamente por el respeto que merecen sus trayectorias considero que la campaña necesita una evaluación profunda, independiente y transparente. Los liderazgos nacionales no siempre conocen las dificultades que viven los territorios, y por eso resulta indispensable escuchar a quienes sostuvieron el trabajo cotidiano lejos de Bogotá. 

 

Perder unas elecciones por un margen estrecho demuestra que existía una oportunidad real de ganar. Los resultados muestran que la fórmula Iván Cepeda Aída Quilcue obtuvo cerca del 48,7 % de la votación en segunda vuelta, quedando muy cerca de la candidatura “vencedora”. Esa cercanía obliga a preguntarnos cuántos votos pudieron haberse conquistado con una mejor coordinación territorial y una gestión más eficiente de los recursos, alejándonos de 250.830 votos.

 

Las campañas pasan; las lecciones permanecen. Si la Alianza por la Vida quiere continuar siendo una alternativa de poder, deberá comprender que la confianza política también se construye con organización, transparencia y capacidad de respuesta. Los territorios no necesitan únicamente discursos inspiradores; necesitan sentirse escuchados, respaldados y respetados.    

 

Con el poder no se pelea desnudo”. Esta sentencia es atribuida a Norberto Bobbio, sintetiza una de las lecciones más duras de la política contemporánea: las causas más nobles no triunfan únicamente por su legitimidad moral. El poder también exige organización, estrategia, recursos, disciplina y capacidad para disputar cada espacio de la democracia.  

 

La derrota de los compañeros Iván Cepeda Castro y Aída Quilcue no puede reducirse a la voluntad del electorado ni explicarse exclusivamente por la fuerza de sus adversarios. Tampoco basta con atribuir a la desinformación, a los medios de comunicación o a la polarización política. Una democracia madura exige una autocrítica igual de rigurosa que la crítica dirigida al contrario. 

 

La historia ha demostrado que ninguna transformación política ocurre únicamente por la superioridad ética de un proyecto. Norberto Bobbio ha sostenido que la democracia no vive solamente de ideales, sino de instituciones capaces de convertir esos ideales en decisiones efectivas. Entre la convicción y el gobierno existe un puente llamado organización política. Cuando ese puente presenta fisuras, incluso las mejores propuestas terminan debilitándose. 

 

La izquierda en Sudamérica ha insistido durante décadas en que la movilización social constituye el motor de las transformaciones. Esto es verdad, sin embargo, Max Weber señala que la política es “la lenta perforación de duras tablas”, una actividad colombiana con pasión, responsabilidad y sentido de la proporción. Gobernar o conquistar el poder exige mucho más que entusiasmo; requiere planificación permanente, cuadros técnicos, una dirección estratégica y política con capacidad para administrar los recursos humanos, económicos y logísticos. 

 

La financiación de la segunda vuelta presidencial mostró dos estrategias similares, aunque con diferencias en el volumen de los recursos. Abelardo De la Espriella obtuvo ingresos por 17.000 mil millones de pesos, financiados en su totalidad mediante un crédito del banco GNB Sudameris. Iván Cepeda, por su parte, reportó 15.000 millones de pesos, provenientes de dos créditos 10.000 mil millones de JFK Cooperativa Financiera y 5.000 mil millones de GNB Sudameris.  

 

La diferencia también fue evidente en la primera vuelta. De la Espriella registró los mayores ingresos de toda la contienda, con 36.000 mil millones de pesos en créditos otorgados por el Banco de Bogotá, BBVA y Bancolombia, superando ampliamente la capacidad financiera de la campaña de Cepeda. 

 

En materia de gastos, ambas campañas concentraron la mayor parte de sus recursos en propaganda electoral. Iván Cepeda invirtió 10.403 millones de pesos, de los cuales cerca de 9.000 mil millones se destinaron a publicidad en medios de comunicación y plataformas tecnológicas como Google. De la Espriella reportó gastos por 10.026 millones de pesos, destinando 9.488 millones a propaganda, contratada principalmente con dos empresas de publicidad. Ya en la primera vuelta, el candidato de la derecha había invertido cerca de 32.000 mil millones de pesos, confirmando que la competencia presidencial también se libró desde el poder de la financiación.   

 

En muchas ocasiones, las campañas progresistas depositan toda su confianza en la autoridad moral de sus candidatos. Esa virtud resulta indispensable, pero nunca suficiente. Giovanni Sartorio, argumenta que los sistemas democráticos son también sistemas de competencia organizada. La política no premia únicamente las mejores intenciones; recompensa a quienes lograron convertirlas en estructuras eficientes de representación y movilización. 

 

Quizá uno de los errores más frecuentes consiste en creer que el pueblo vencerá únicamente porque tiene la razón histórica. Antonio Gramsci desmontó esa ilusión hace casi un siglo al explicar que la hegemonía no se construye solo mediante discursos, sino también mediante organización cultural, capacidad institucional y dirección política. La voluntad colectiva necesita convertirse en una fuerza organizada para disputar el poder real. 

 

La campaña presidencial dejó una enseñanza incómoda: las convicciones no reemplazan la estrategia. Ninguna militancia, por comprometida que sea, puede sostener indefinidamente una campaña nacional sin condiciones mínimas de coordinación, logística y comunicación política. La épica; la organización gana elecciones.  

 

Tampoco puede ignorarse la reflexión de Robert Dahl, quien entendía la democracia como una competencia permanente por el acceso al poder. En esa competencia intervienen múltiples recursos: liderazgo, financiamiento, organización territorial, comunicación, alianzas y capacidad de negociación. Renunciar a cualquiera de estos instrumentos significa entregar ventaja antes de iniciar la disputa. 

 

Desde América Latina, Guillermo O’Donnell argumenta que la calidad de la democracia depende también de la fortaleza de las organizaciones políticas. Los partidos y movimientos que descuidan su capacidad institucional terminan dependiendo exclusivamente del carisma de sus líderes, una condición que suele volverlos más vulnerables frente a adversarios mejor estructurados. 

 

La pérdida de la presidencia de Iván Cepeda y Aída Quilcué debería convertirse en una oportunidad para revisar prácticas, escuchar a los territorios y reconstruir la relación entre la dirección nacional y quienes sostienen el trabajo político cotidiano. Las campañas no fracasan únicamente por las decisiones de sus candidatos; también lo hacen cuando la estructura deja de responder a las necesidades de quienes movilizan el proyecto desde las regiones. 

 

La política nos exige una combinación permanente entre ética y eficacia. Renunciar a la primera conduce al oportunismo; despreciar la segunda nos llevará a la derrota. La izquierda no puede seguir creyendo en la razón moral basta para conquistar el poder. Como insistió Nicolas Maquiavelo, el gobernante debe comprender las condiciones reales en las que actúa si pretende transformar la realidad. 

 

Las elecciones presidenciales del 21 de junio de 2026, nos deja una enseñanza que trasciende una elección. Si las fuerzas alternativas aspiran a gobernar nuevamente Colombia, deberán construir organizaciones más sólidas, mecanismos de coordinación más abiertos y estrategias territoriales más eficaces. No basta con tener los mejores principios; es indispensable desarrollar los mejores instrumentos para defenderlos.

 

Porque, al final, la política confirma una verdad tan antigua como vigente: con el poder no se pelea desnudo. Se pelea con ideas, sí; pero también con organización, disciplina, inteligencia estratégica, con estrategas políticos y la capacidad de convertir la esperanza colectiva en una fuerza capaz de gobernar y no, en una fuerza unipersonal. ¡Iván Cepeda Castro nos entregó! 

 


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