Sin inmersión no hay revolución
La historia de los pueblos no puede construirse
desde el olvido. Ningún proceso de transformación real surge de espaldas a la
memoria histórica de quienes han resistido siglos de violencia, despojo y
negación. Mientras nuestro liderazgo no asuma la tarea de sumergirse
profundamente en su propia historia, no emergerá un verdadero proceso
revolucionario capaz de resolver las contradicciones que atraviesan nuestra
existencia en este momento histórico.
Por: Carlos Augusto Ángulo Góngora
Sin esa comprensión, seguiremos orbitando alrededor
de proyectos ajenos: unas veces detrás de la oligarquía tradicional y, en
otras, detrás de sectores de una pequeña burguesía nacional que se presenta
como izquierda y pronuncia discursos revolucionarios, pero que continúa siendo
hija política y cultural de la misma estructura oligárquica que afirma
combatir.
Esa pequeña burguesía, excluida de ciertos
privilegios y del control del poder económico, recurrió al lenguaje de los
pueblos históricamente oprimidos, apropiándose de sus dolores, símbolos y
luchas. Sin embargo, nunca logró construir un proyecto verdaderamente
transformador, porque jamás actuó de manera coherente con las necesidades
reales de los territorios populares.
En muchas regiones no se comportaron como aliados
del pueblo, sino como ejércitos de ocupación. Impusieron formas ajenas de
organización, condenaron prácticas culturales ancestrales e introdujeron
dinámicas extrañas a las comunidades. Así, terminaron reproduciendo una lógica
de dominación con la misma raíz colonial, centralista y elitista que históricamente
ha gobernado a Colombia.
Allí reside una de las contradicciones
fundamentales del proceso político colombiano: no puede construirse una
revolución desconociendo la historia viva del pueblo. Ningún proyecto
emancipador puede levantarse negando las formas propias de organización, la
memoria cultural y las experiencias que han permitido la supervivencia de las
comunidades en medio del abandono y la violencia.
La tragedia de muchas experiencias llamadas
revolucionarias fue creer que transformar significaba simplemente reemplazar
una élite por otra. Pero la verdadera revolución exige algo más profundo:
reconstruir el sujeto histórico desde su propia memoria, sus heridas y su
capacidad creadora.
Nuestra historia demuestra que caminar detrás de
otros sectores sociales no garantiza alcanzar la dignidad histórica que
merecemos. Ninguna fracción de las clases dominantes, incluso aquellas que se
presentan como progresistas o revolucionarias, resolverá las necesidades
fundamentales de los pueblos si estos no construyen primero conciencia de sí
mismos y de su papel histórico.
En el pasado, nuestra gente creyó en el discurso de
los criollos. Participamos en sus guerras, ocupamos la primera línea de batalla
y derramamos nuestra sangre por la promesa de libertad. Sin embargo, una vez
consolidado el poder, nuestros líderes fueron asesinados, perseguidos y
excluidos del nuevo orden que ayudaron a construir.
Los criollos terminaron representando una
continuidad del poder colonial bajo nuevos nombres y banderas. La independencia
no significó la liberación plena de nuestros pueblos, porque la esclavización y
las estructuras coloniales permanecieron intactas. Por eso es fundamental
sumergirnos en nuestra propia historia: solo así podremos identificar las
contradicciones que hoy se repiten bajo otros discursos y otros actores
políticos.
Aunque los criollos parecían revolucionarios para
su época, su proyecto nunca fue suficientemente radical como para abolir de
inmediato la esclavitud, como sí ocurrió en Revolución Haitiana. Allí, la
libertad no fue una concesión de las élites, sino una conquista de los propios
esclavizados que decidieron destruir el orden colonial.
En nuestro caso, la libertad plena solo existió
verdaderamente en los territorios autónomos: palenques, montañas, veredas y
comunidades que se convirtieron en células vivas de resistencia. Allí nuestros
pueblos reconstruyeron formas propias de organización, preservaron su memoria y
defendieron su dignidad frente a un sistema creado para negar su existencia.
El gran Manuel Zapata Olivella nos recordó que
ningún mecanismo de dominación ha sido capaz de destruir la inteligencia y la
capacidad de supervivencia de nuestros pueblos. Y justamente allí surge la
pregunta esencial: ¿por qué seguimos dudando de nuestra capacidad para
construir nuestro propio futuro?
Tal vez el problema más profundo de nuestra época
sea que aprendimos a mirar hacia afuera antes que hacia nosotros mismos.
Buscamos reconocimiento en proyectos ajenos y discursos prestados, mientras
desconocemos el verdadero significado de nuestra presencia histórica y de
nuestro aporte material, cultural y espiritual a la construcción de este país.
¿Cómo podremos unirnos auténticamente con otros
sectores sociales si aún no comprendemos plenamente quiénes somos, qué memoria
cargamos y qué lugar ocupamos en la historia? Ninguna unidad será sólida
mientras se construya sobre la negación de nuestra propia identidad histórica.
La unidad real nace del reconocimiento pleno de nuestra existencia colectiva.
Por eso, nuestra tarea más urgente consiste en
sumergirnos en el pasado para emerger con la fuerza espiritual necesaria para
construir, con conciencia y voluntad propia, nuestro futuro. Debemos volver a
la memoria no para refugiarnos en ella, sino para encontrar en nuestras raíces
la energía necesaria para levantarnos con autonomía frente al mundo.
El desafío histórico de nuestra generación es
romper con la dependencia ideológica que nos obliga a buscar salvadores
externos o vanguardias iluminadas. La transformación auténtica comenzará cuando
los pueblos se reconozcan como sujetos de la historia y construyan un horizonte
político nacido de sus propias realidades, necesidades y aspiraciones.
La revolución no puede ser una copia importada, una doctrina repetida mecánicamente ni una estructura impuesta desde arriba. Debe surgir de las entrañas del pueblo, de su experiencia histórica concreta, de sus territorios y de sus formas propias de existencia. Todo proyecto que ignore esto está condenado a convertirse en una nueva forma de dominación.
Porque, al
final, la verdad histórica sigue siendo la misma: sin inmersión no hay
revolución.

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