#Ahora

7/recent/ticker-posts

Header Ads Widget


Sin inmersión no hay revolución


Sin inmersión no hay revolución

Sin inmersión no hay revolución

La historia de los pueblos no puede construirse desde el olvido. Ningún proceso de transformación real surge de espaldas a la memoria histórica de quienes han resistido siglos de violencia, despojo y negación. Mientras nuestro liderazgo no asuma la tarea de sumergirse profundamente en su propia historia, no emergerá un verdadero proceso revolucionario capaz de resolver las contradicciones que atraviesan nuestra existencia en este momento histórico.


Por: Carlos Augusto Ángulo Góngora

Sin esa comprensión, seguiremos orbitando alrededor de proyectos ajenos: unas veces detrás de la oligarquía tradicional y, en otras, detrás de sectores de una pequeña burguesía nacional que se presenta como izquierda y pronuncia discursos revolucionarios, pero que continúa siendo hija política y cultural de la misma estructura oligárquica que afirma combatir.

Esa pequeña burguesía, excluida de ciertos privilegios y del control del poder económico, recurrió al lenguaje de los pueblos históricamente oprimidos, apropiándose de sus dolores, símbolos y luchas. Sin embargo, nunca logró construir un proyecto verdaderamente transformador, porque jamás actuó de manera coherente con las necesidades reales de los territorios populares.

En muchas regiones no se comportaron como aliados del pueblo, sino como ejércitos de ocupación. Impusieron formas ajenas de organización, condenaron prácticas culturales ancestrales e introdujeron dinámicas extrañas a las comunidades. Así, terminaron reproduciendo una lógica de dominación con la misma raíz colonial, centralista y elitista que históricamente ha gobernado a Colombia.

Allí reside una de las contradicciones fundamentales del proceso político colombiano: no puede construirse una revolución desconociendo la historia viva del pueblo. Ningún proyecto emancipador puede levantarse negando las formas propias de organización, la memoria cultural y las experiencias que han permitido la supervivencia de las comunidades en medio del abandono y la violencia.

La tragedia de muchas experiencias llamadas revolucionarias fue creer que transformar significaba simplemente reemplazar una élite por otra. Pero la verdadera revolución exige algo más profundo: reconstruir el sujeto histórico desde su propia memoria, sus heridas y su capacidad creadora.

Nuestra historia demuestra que caminar detrás de otros sectores sociales no garantiza alcanzar la dignidad histórica que merecemos. Ninguna fracción de las clases dominantes, incluso aquellas que se presentan como progresistas o revolucionarias, resolverá las necesidades fundamentales de los pueblos si estos no construyen primero conciencia de sí mismos y de su papel histórico.

En el pasado, nuestra gente creyó en el discurso de los criollos. Participamos en sus guerras, ocupamos la primera línea de batalla y derramamos nuestra sangre por la promesa de libertad. Sin embargo, una vez consolidado el poder, nuestros líderes fueron asesinados, perseguidos y excluidos del nuevo orden que ayudaron a construir.

Los criollos terminaron representando una continuidad del poder colonial bajo nuevos nombres y banderas. La independencia no significó la liberación plena de nuestros pueblos, porque la esclavización y las estructuras coloniales permanecieron intactas. Por eso es fundamental sumergirnos en nuestra propia historia: solo así podremos identificar las contradicciones que hoy se repiten bajo otros discursos y otros actores políticos.

Aunque los criollos parecían revolucionarios para su época, su proyecto nunca fue suficientemente radical como para abolir de inmediato la esclavitud, como sí ocurrió en Revolución Haitiana. Allí, la libertad no fue una concesión de las élites, sino una conquista de los propios esclavizados que decidieron destruir el orden colonial.

En nuestro caso, la libertad plena solo existió verdaderamente en los territorios autónomos: palenques, montañas, veredas y comunidades que se convirtieron en células vivas de resistencia. Allí nuestros pueblos reconstruyeron formas propias de organización, preservaron su memoria y defendieron su dignidad frente a un sistema creado para negar su existencia.

El gran Manuel Zapata Olivella nos recordó que ningún mecanismo de dominación ha sido capaz de destruir la inteligencia y la capacidad de supervivencia de nuestros pueblos. Y justamente allí surge la pregunta esencial: ¿por qué seguimos dudando de nuestra capacidad para construir nuestro propio futuro?

Tal vez el problema más profundo de nuestra época sea que aprendimos a mirar hacia afuera antes que hacia nosotros mismos. Buscamos reconocimiento en proyectos ajenos y discursos prestados, mientras desconocemos el verdadero significado de nuestra presencia histórica y de nuestro aporte material, cultural y espiritual a la construcción de este país.

¿Cómo podremos unirnos auténticamente con otros sectores sociales si aún no comprendemos plenamente quiénes somos, qué memoria cargamos y qué lugar ocupamos en la historia? Ninguna unidad será sólida mientras se construya sobre la negación de nuestra propia identidad histórica. La unidad real nace del reconocimiento pleno de nuestra existencia colectiva.

Por eso, nuestra tarea más urgente consiste en sumergirnos en el pasado para emerger con la fuerza espiritual necesaria para construir, con conciencia y voluntad propia, nuestro futuro. Debemos volver a la memoria no para refugiarnos en ella, sino para encontrar en nuestras raíces la energía necesaria para levantarnos con autonomía frente al mundo.

El desafío histórico de nuestra generación es romper con la dependencia ideológica que nos obliga a buscar salvadores externos o vanguardias iluminadas. La transformación auténtica comenzará cuando los pueblos se reconozcan como sujetos de la historia y construyan un horizonte político nacido de sus propias realidades, necesidades y aspiraciones.

La revolución no puede ser una copia importada, una doctrina repetida mecánicamente ni una estructura impuesta desde arriba. Debe surgir de las entrañas del pueblo, de su experiencia histórica concreta, de sus territorios y de sus formas propias de existencia. Todo proyecto que ignore esto está condenado a convertirse en una nueva forma de dominación. 

Porque, al final, la verdad histórica sigue siendo la misma: sin inmersión no hay revolución.


Publicar un comentario

0 Comentarios