La verdad que
nadie quiere decir
En Colombia existe una verdad incómoda que el Estado, empresas y buena parte de las élites políticas prefieren callar: las mujeres y hombres afroascendientes son quienes realizan gran parte de los trabajos más peligrosos, precarizados y físicamente desgastantes del país. Y por esta razón, también son quienes más se accidentan, enferman y mueren en silencio dentro del modelo laboral colombiano.
Por: Jefferson Montaño Palacio
Esto no es casualidad, es estructural. Mientras el discurso oficial habla de inclusión, emprendimiento y oportunidades, miles de trabajadores afroascendientes continúan ocupando labores históricamente racializadas en construcción, minería, puertos secos y marítimos, transporte informal, vigilancia, trabajo doméstico, recolección de residuos sólidos, pesca artesanal, labores agrícolas, carga pesada y economías extractivas. Estos trabajos convierten al cuerpo en herramientas de explotación.
Ya ha insistido en este campo de acción Angela Davis en que el capitalismo moderno siempre necesitó cuerpos racializados para sostener sus sistemas de acumulación. No fue únicamente la esclavización; fue la continuidad de una lógica económica donde ciertas personas son consideradas más sacrificables que otras.
En Colombia, esa herencia continúa viva. Esto lo podemos ver en las estadísticas laborales, las cuales muestran una sobrerrepresentación de población afroascendiente en empleos informales y de alto riesgo. El problema no es solamente la accidentalidad; es la normalización en cuanto a que cierta población sea quien asuma el mayor desgaste físico de la economía otros concentran el capital y el poder administrativo.
A esto lo llama Aníbal Quijano la “colonialidad del poder”: la permanencia de jerarquías raciales dentro de las estructuras económicas modernas. Aunque termino el colonialismo formal, no terminó la distribución racial del trabajo. Los sectores pertenecientes al pueblo afrocolombiano siguen ubicados en la base más pesada del sistema productivo.
Y sí, esta verdad incómoda porque desmonta el mito de la meritocracia. ¿Cómo hablar de igualdad de oportunidades cuando miles de jóvenes afrocolombianos crecen en territorios sin acceso digno a salud, educación técnica, seguridad laboral o empleos estables? ¿Cómo hablar de libertad económica cuando muchas familias afroascendientes deben aceptar cualquier trabajo para sobrevivir, incluso poniendo en riesgo su humanidad diariamente?
El maestro e intelectual Achille Mbembe es pionero del concepto de “necropolítica” para explicar cómo ciertos sistemas deciden qué poblaciones pueden vivir dignamente y cuáles pueden ser expuestas permanentemente a la muerte, al deterioro y a la precariedad. En ese sentido, la necropolítica en Colombia también opera en el trabajo.
¿Por qué no todos los cuerpos tienen el mismo valor dentro del mercado laboral? Cuando un trabajador afro muere en una mina ilegal, se cae de un andamio, pierde una extremidad en su puesto de trabajo o desarrolla enfermedades crónicas por sobreexplotación física, rara vez aparece en el debate nacional. Su muerte no produce escándalo estructural; apenas una estadística más.
La tragedia se volvió paisaje. El problema más profundo en las mujeres afroascendientes. Muchas realizan dobles y triples jornadas invisibles: trabajos domésticos remunerados, cuidado familiar no remunerado y economías informales precarizadas. La académica Patricia Hill Collins explicó cómo raza, clase y género se cruzan para producir formas específicas de explotación sobre las mujeres afro. Ellas sostienen hogares, economías barriales y sistemas del cuidado eternos mientras continúan siendo una de las poblaciones peor remuneradas del continente.
Decirle la verdad a la gente implica reconocer que el racismo no solo discrimina simbólicamente; también organiza quién carga el peso físico de la economía.
No es coincidencia que muchos territorios afroascendientes estén rodeados de puertos, minería, extracción forestal, monocultivos y corredores estratégicos para el narcotráfico y el capital global. Frantz Fanon radicalmente sostuvo que las sociedades coloniales convierten a ciertos pueblos en “zonas de sacrificio” al servicio de la riqueza de otros.
La política tradicional habla de productividad, pero pocas veces pregunta quién pone el cuerpo para producir. Detrás del crecimiento económico existen miles de trabajadores racializados exponiéndose diariamente a accidentes laborales, desgaste muscular, enfermedades respiratorias y muerte prematura.
Y aquí aparece otra verdad incómoda: muchas empresas hablan de diversidad étnica en sus campañas publicitarias mientras mantienen estructuras laborales profundamente racializadas. El pueblo afroascendiente aparece en el videoclip o pieza gráfica institucional, pero continúa ausente en las juntas directivas, en la propiedad empresarial y en la toma real de las decisiones.
La inclusión estética reemplazó la transformación estructural; en la sociología de las ausencias se sostiene que el sistema invisibiliza sufrimientos para mantener intacto el orden social. Eso ocurre con los accidentes laborales del pueblo afrocolombiano. Se naturalizan tanto que dejan de ser vistos como un problema político.
Pero no son accidentes aislados, son consecuencias de una estructura económica racializada. Por eso, hablar de justicia racial también implica hablar de seguridad laboral, sindicalización, salud ocupacional, acceso a educación técnica, redistribución económica y democratización del empleo digno. No basta con celebrar la cultura afro mientras los cuerpos de las personas afroascendientes continúan siendo los más explotados del mercado laboral.
Finalmente, la verdad es dura, pero necesaria: Colombia aún funciona sobre una división racial del desgaste físico. Y mientras el país no quiera reconocerlo, seguirá construyendo riqueza sobre cuerpos históricamente precarizados.
Decirle la verdad a la gente afroascendiente y afrocolombiana no es sembrar resentimiento; es desmontar el silencio. Porque ningún pueblo puede transformar su realidad si primero no comprende las estructuras que producen su sufrimiento cotidiano. ¡El Cambio continúa con Iván Cepeda en Primera!

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