Libres: la convergencia afroascendiente
El reciente evento de adhesión del movimiento político Libres a la campaña presidencial de Iván Cepeda Castro y la fórmula vicepresidencial de Aida Quilcué no solo fue exitoso en términos de convocatoria y mensaje; fue, sobre todo, un hecho político con densidad histórica. Allí no se reunieron simplemente liderazgos dispersos: se escenificó una convergencia afroascendiente que busca dejar de ser periferia electoral para asumirse como sujeto político con capacidad de decisión.
Por: Jefferson Montaño Palacio
Durante décadas, la participación afrocolombiana en la política nacional ha oscilado entre la representación simbólica y la instrumentalización electoral. Hoy, sin duda alguna, se empieza a configurar otra narrativa: una en la que las bases organizadas no solo acompañan campañas, sino que negocian agendas, definen prioridades y condicionan respaldos. Lo ocurrido con el movimiento político Libres sugiere un tránsito hacia esa madurez política, donde el apoyo no es gratuito sino estratégico.
Esta convergencia alrededor de Cepeda y Quilcué también expresa una lectura del momento político nacional: la necesidad de articular luchas históricas —étnicas, sociales, territoriales— en un proyecto común que dispute el poder real. Como lo ha señalado el maestro Boaventura de Sousa Santos, las democracias contemporáneas solo se revitalizan cuando los sectores históricamente excluidos irrumpen no como invitados, sino como protagonistas. En ese sentido, la fuerza afrocolombiana que hoy se alinea sumándose a esta importante campaña en la continuidad del proyecto del cambio parece apostar por incidir y, no, simplemente por estar.
Por otra parte, en medio de esta construcción política, emerge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Por qué no fue invitado ni mencionado el candidato presidencial Luis Gilberto Murillo a un debate presidencial reciente?
La ausencia de Murillo no puede leerse como un hecho aislado. Revela, más bien, una falla estructural en las reglas del juego democrático. Robert Dahl sostiene que una democracia de calidad requiere competencia abierta e inclusiva, donde las distintas opciones políticas pueden confrontar ideas en igualdad de condiciones. Excluir a un candidato con trayectoria, reconocimiento internacional y arraigo en sectores afroascendientes no fortalece el debate; al contrario, lo empobrece.
Podría argumentarse que los debates obedecen a criterios logísticos, mediáticos o de intención de voto. Pero incluso si ese fuera el caso, la pregunta de fondo persiste: ¿Quién define qué voces son relevantes? ¿Bajo qué parámetros se mide la legitimidad de una candidatura? Cuando estas decisiones se toman sin transparencia, lo que se erosiona no es solo la equidad, sino la confianza en el sistema democrático.
Aquí resulta pertinente la reflexión de Nancy Fraser, quien plantea que la justicia democrática implica tanto redistribución como reconocimiento. Invisibilizar a ciertos liderazgos en escenarios claves como los debates presidenciales constituye una forma de exclusión simbólica que reproduce desigualdades históricas. En un país como Colombia, atravesado por profundas brechas raciales y territoriales, este tipo de omisiones no es neutral.
La paradoja es evidente: mientras sectores del movimiento afroascendiente logran articularse estratégicamente en torno a una candidatura —como lo demuestra el respaldo a Cepeda y Quilcué—, otros liderazgos afro siguen siendo marginados de espacios fundamentales de liberación. Esta tensión no debería fragmentar la agenda afro, pero sí obligar a una reflexión crítica sobre los mecanismos incluyentes de participación política.
Porque la verdadera fuerza de una convergencia no se mide solo por su capacidad de sumar apoyos, sino también por su coherencia frente a los principios democráticos que dice defender. No se puede hablar de inclusión mientras se normalizan las exclusiones.
Finalmente, el evento del movimiento político Libres deja un mensaje potente: hay una voluntad afroacendiente de incidir, de organizarse, de disputar el rumbo del país. Pero la exclusión de Murillo del debate deja otro mensaje, más preocupante: la democracia colombiana continúa operando con filtros que no siempre son visibles, pero sí profundamente efectivos.
En tiempos donde la política se redefine, la pregunta no es solo quién suma, sino quién queda por fuera. Y, sobre todo, por qué una democracia que selecciona sus voces corre el riesgo de perder su esencia. Y una convergencia política afro que no interrogue y se piense estratégicamente esas ausencias corre el riesgo de volverse incompleta e instrumentalizada.
Estimado Luis Gilberto Murillo, venga y sumemos juntos desde el movimiento político Libres. La historia está abierta. Y esta vez, las decisiones cuentan. ¡Iván Cepeda Castro presidente en primera!

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