El
primer papel que se les permitió desempeñar a las personas negras en la
sociedad blanca, después del esclavizado o sirviente, fue el de entertainer.
Pero no se trataba de un simple oficio. Como advierte Jan Nederveen Pieterse, el entretenimiento
funcionó como una extensión de la esclavitud: una presencia permitida, vigilada
y, sobre todo, despojada de profundidad cultural. No era solo ocupar un lugar
en la estructura social, sino permanecer en él bajo condiciones que reducían la
experiencia negra a gesto, ritmo y espectáculo.
Por: Mauricio Lemos Mosquera
Esa
herencia no pertenece al pasado. Sigue operando, de forma más sutil, en el
presente. A cien años del natalicio de Delia
Zapata Olivella, la pregunta resulta inevitable: ¿hemos logrado
trascender la frontera entre entretenimiento y transmisión cultural auténtica?
¿O seguimos consumiendo el baile y el canto afrocolombiano como espectáculo,
sin reconocerlos como expresiones vivas de memoria, resistencia y cosmovisión?
El legado de Delia incomoda precisamente
porque rompe esa lógica. Su danza no fue concebida para agradar, sino para
narrar; no como adorno cultural, sino como afirmación identitaria. En su obra,
el cuerpo no entretiene: recuerda, denuncia y reconstruye. En esa línea, Ngũgĩ wa Thiong'o ha insistido en que la
oralidad no es un saber menor, sino una estructura viva que transmite historia,
territorio y espiritualidad. La danza, entonces, no es forma vacía: es
pensamiento en movimiento.
En
una época dominada por la estética del ballet y la puesta en escena, Delia
desafió el orden establecido. No bastaba con ejecutar movimientos; había que
comprender su origen, su función y su sentido comunitario. Su trabajo fue tanto
coreográfico como etnográfico: investigó, recopiló y resignificó prácticas que habían
sido relegadas a un folclor descontextualizado.
Por eso su aporte trasciende lo
artístico. Junto a Manuel Zapata Olivella,
contribuyó a que las danzas afrocolombianas dejarán de ser vistas como
curiosidades exóticas y comenzaran a entenderse como sistemas complejos de
conocimiento. No era sólo preservar una tradición, sino disputar el sentido
mismo de la cultura.
Sin
embargo, el problema persiste. En la era de los influencers, la inmediatez y el
consumo rápido, cabe preguntarse si la cultura afrocolombiana está siendo
realmente representada o si ha sido reducida, otra vez, a un cliché. Una
estetización sin contexto puede reproducir, de forma encubierta, lógicas
similares a las de las Jim Crow laws:
visibilidad sin reconocimiento, presencia sin poder.
Ya lo decía Frederick Douglass: dentro de la esclavitud, el
canto y la danza podrían funcionar como mecanismos de control, como válvulas de
escape que contenían la rebeldía. El entretenimiento no sólo era tolerado;
podía ser estratégicamente permitido.
Pero
esa no es toda la historia. En otros contextos, como el Caribe colonial, la
música y la danza también fueron formas de comunicación, organización y
resistencia. Allí donde el poder veía distracción, las comunidades construyen
lenguaje; donde se suponía sumisión, emergían estrategia. La cultura nunca ha
sido neutral.
Esa
ambivalencia sigue vigente. La pregunta no es solo que se muestra, sino cómo se
muestra y para quién. Hoy, festivales, escenarios internacionales y plataformas
digitales celebran lo afrocolombiano. Pero conviene insistir: ¿qué es
exactamente lo que se celebra? ¿Una estética que complace o una historia que
interpela? ¿El ritmo o la memoria?
Aquí resulta clave recordar a Maurice Merleau-Ponty: no tenemos un cuerpo,
somos cuerpo. En la danza tradicional, esta idea cobra sentido pleno. Cada
movimiento encarna una historia; cada gesto es memoria sedimentada. Perder esa
estética no es un simple cambio de forma: es una pérdida de mundo.
El
baile afrocolombiano, entonces, no puede reducirse a coreografía ni a
espectáculo. Es una forma de conocimiento encarnado, una epistemología del
cuerpo donde convergen espiritualidad, memoria y vida cotidiana. Es, en última
instancia, una forma de existir.
A
un siglo de su nacimiento, Delia Zapata Olivella no solo nos deja un legado
artístico, sino una exigencia ética: revisar nuestras formas de mirar. Porque
entre el aplauso y la comprensión hay una distancia histórica que Colombia aún
no termina de recorrer. Y en esa distancia se juega algo más que el reconocimiento
cultural: se juega la posibilidad de entender, por fin, la profundidad de lo
que somos.

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