Libres: la reinvención afro del Estado-nación
Cada cuatro años, la política colombiana repite un ritual que raya en la
ironía histórica: la Circunscripción Especial Afro, creada para reparar siglos
de exclusión racial, termina convertida en una feria electoral donde el pueblo
negro-afroacendientes vuelve a ser usado como plataforma de ascenso político.
Lo que debía ser un mecanismo de dignidad democrática ha terminado, demasiadas
veces, atrapado entre el oportunismo, la captura partidista y la banalización
de la lucha histórica de las comunidades afrocolombianas.
Por: Jefferson Montaño Palacio
Cuando la Constitución de 1991, reconoció el carácter multicultural del país, se abrió una puerta inédita para que los pueblos negros-afroacendientes tuvieran representación directa. Aquella conquista fue producto de décadas de lucha del movimiento negro colombiano y de la presión intelectual y política de quienes entendieron que la democracia colombiana no podía seguir construyéndose sobre la exclusión racial. Sin embargo, como ocurre con muchas conquistas históricas, el sistema aprendió rápidamente a domesticarla.
El antropólogo colombiano Arturo Escobar ha insistido en que las luchas de los pueblos afroacendientes no pueden entenderse únicamente como demandas de inclusión dentro del Estado, sino como proyectos políticos propios que cuestionan las formas hegemónicas de poder y desarrollo. Cuando la representación afrodescendiente se reduce a una simple curul sin proyecto político colectivo, lo que ocurre es una domesticación institucional de las luchas históricas.
Ese fenómeno es visible en las curules afro. Durante años, estos espacios han sido disputados por candidaturas que en ocasiones tienen más relación con las maquinarias políticas nacionales que con los procesos organizativos de los pueblos negros-afroacendientes. La representación termina reducida a un símbolo electoral, mientras las realidades estructurales del racismo siguen intactas en los territorios afro del Pacífico, del Caribe y de los barrios populares urbanos.
El maestro y sociólogo Orlando Fals Borda insistía en que la democracia participativa no puede reducirse a la ocupación formal de cargos, sino que debe reflejar procesos reales de organización comunitaria. Cuando la representación se separa de las bases sociales que dice representar, lo que emerge es una forma de “democracia delegativa”, donde el voto no garantiza poder político real para los sectores históricamente excluidos.
La pensadora feminista decolonial Ochy Curiel ha sido contundente al señalar que la política identitaria puede convertirse en un simulacro cuando se limita a colocar rostros racializados en las instituciones sin cuestionar las estructuras de poder que producen el racismo. Para Curiel, la representación sin transformación termina siendo una forma de administración simbólica de la diversidad.
Por eso las elecciones afro de 2026 no deberían analizarse únicamente en términos de quién ganó o quién perdió una curul. La discusión de fondo es mucho más profunda: ¿la representación política afro en Colombia está sirviendo para fortalecer la autonomía del movimiento negro-afroacendientes o está siendo absorbida por las lógicas tradicionales de la política?
El escritor, pensador y maestro Manuel Zapata Olivella señaló que la historia del pueblo negro-afroacendientes en América Latina ha sido una lucha constante contra la invisibilización y la apropiación de su voz. En su visión, la emancipación negra no consistía simplemente en acceder a los espacios de poder existentes, sino en transformar radicalmente las relaciones sociales que sostienen el racismo.
Desde esa perspectiva, lo que está en juego en la Circunscripción Especial Afro no es solamente dos curules en el Congreso. Lo que está en disputa es el sentido político de la representación negra en Colombia.
De hecho, el surgimiento del movimiento Libres plantea un punto de inflexión en el debate afrocolombiano. Más que una simple plataforma electoral, Libres intenta recuperar la dimensión política de las luchas del pueblo negro-afroacendientes desde la autonomía organizativa y la conciencia racial.
En medio de ese escenario aparece una apuesta distinta: el movimiento Libres. Más que una lista cerrada con candidatos o un experimento electoral pasajero, Libres representa un intento por devolverle a la política afro su carácter de proyecto colectivo. Su irrupción plantea una pregunta incómoda para el establecimiento político: ¿qué pasaría si las comunidades-pueblos afrocolombianas decidieron organizarse políticamente con autonomía real y dejarán de ser simples votantes dentro de las maquinarias electorales?
La historia del pensamiento afrodiaspórica ofrece pistas sobre esa pregunta. Frantz Fanon sostuvo que uno de los mayores riesgos de los procesos políticos en sociedades marcadas por la colonialidad es que las élites reproduzcan las estructuras de dominación bajo nuevas apariencias. En ese sentido, la lucha por la representación negra no puede reducirse a cambiar los rostros del poder; debe implicar la transformación de sus fundamentos.
También el teórico cultural Stuart Hall insistió en que la identidad negra en la política no es una esencia fija, sino un campo de disputa permanente. Quien controla el significado de esa identidad controla también su potencial político. Por eso, la batalla por las curules afro es, en realidad, una batalla por el significado de la política negra-afroacendientes en Colombia.
En ese campo de disputa, movimientos como Libres introducen un elemento que incomoda a las viejas estructuras: la idea de que el pueblo afrocolombiano puede actuar como sujeto político autónomo. No como clientela electoral, no como símbolo multicultural, sino como fuerza histórica capaz de disputar el poder.
Finalmente, entonces, no es solamente quién ocupa las curules afro en el próximo periodo legislativo. La pregunta verdaderamente importante es si esas dos curules seguirán siendo un trofeo dentro del mercado electoral colombiano o si finalmente se convertirán en herramientas de emancipación política.
Porque si algo ha demostrado la historia del pueblo
negro-afroacendientes –desde las rebeliones ancestrales hasta las luchas contemporáneas—es
que la libertad nunca ha sido un regalo del poder. Siempre ha sido una
conquista.
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