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La paciencia negra se agoto


La paciencia negra se agoto

La paciencia negra se agoto

El trato de una persona blanca que ocupa una posición de poder dentro de la jerarquía social hacia una persona negra, históricamente excluida, debe estar guiado por una conciencia mínima que le permita entender algo fundamental: hoy ya no estamos dispuestos a tolerar la más mínima falta de respeto. Cuando esa conciencia no existe, la convivencia inevitablemente se vuelve hostil. Y para evitar la confrontación permanente, la sociedad blanca debe bajarse del pedestal desde el cual cree que todavía puede tratarnos como le da la gana, sin que haya consecuencias.


Por: Carlos Adalberto Ángulo Góngora

Esto se evidencia en el hecho de que a muchos les incomoda profundamente tener que transformar el lenguaje cotidiano con el que se relacionan con nosotros. Les molesta abandonar expresiones racistas que durante siglos consideraron normales. Sin embargo, ese cambio, por mínimo que parezca, es resultado de nuestras luchas. Hoy ya no pueden decirnos “negros de mierda” con la misma impunidad de antes. Ese es, sin duda, un avance del movimiento de las comunidades negras, con todas sus expresiones, tensiones y diferencias.

Pero esto no significa que las cosas estén bien ni que nuestras reivindicaciones hayan logrado avances sustanciales. No es así. Nuestra gente ni siquiera ha logrado ponerse de acuerdo para elegir dos representantes que realmente los representen. Y quienes han llegado a esos espacios muchas veces no han entendido que el principal compromiso de quien aspire a dirigir a las comunidades negras es pagar el precio de sumergirse en lo más profundo de nuestra historia; en ese escenario doloroso que permite comprender con claridad lo que ha significado nuestra tragedia en este país.

Aquí no podemos seguir aceptando el cuento romántico de que la gente negra se ha pasado la vida bailando. Esa caricatura no explica, ni de lejos, lo que significó realmente el sistema esclavista y las estructuras de exclusión que aún lo prolongan. Quien no tenga la capacidad intelectual y moral para comprender la magnitud histórica de la presencia negra en este país no debería ocupar ningún cargo importante dentro de la estructura del poder.

Nadie puede resolver los problemas de Colombia ignorando los cimientos de su injusticia. Por eso, quien no haya entendido la dimensión de la experiencia histórica del pueblo negro no puede gobernar este país. Lo único que haría sería repetir lo que históricamente han hecho las élites: gobernar excluyéndonos.

Pero hoy no estamos dispuestos a seguir siendo excluidos. Incluso, para mí sería un honor que llegáramos a un punto en el que dejáramos de mendigar inclusión y fuéramos capaces de construir algo verdaderamente nuestro; algo que no necesite permiso de nadie, salvo de nuestra conciencia y de nuestros principios morales, y no del mayoral que administra la vieja hacienda esclavista.

Esta situación se agrava aún más en el momento actual, cuando desde una lógica profundamente limosnera se pretende presentar como una oportunidad lo que en realidad termina convirtiendo a los jóvenes más empobrecidos del país en la carne de cañón de una de las sociedades más injustas del mundo. Instituciones como la Policía se transformaron durante años en una de las pocas salidas posibles para muchos de nuestros jóvenes. Ante la imposibilidad de acceder a la universidad o a oportunidades dignas, la Policía Nacional parecía ofrecer una pequeña esperanza, aunque el precio fuera guardar silencio frente a los atropellos.

Pero hoy esa realidad empieza a estrellarse contra una conciencia que comienza a despertar. Una conciencia que, esta vez, se expresa en voces como la de Winny Saray, que nos recuerda lo que valemos y lo que merecemos. Y esa conciencia implica algo muy claro: no estamos dispuestos a tolerar la más mínima falta de respeto.

 


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