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Cuando el país dice que no ve el color


Cuando el país dice que no ve el color


Cuando el país dice que no ve el color 


Hay países que aprendieron a negar el racismo antes que a combatirlo. Colombia, sin duda, es uno de estos. Aquí la palabra “negro” suele pronunciarse en voz baja, como si nombrarla fuera una manera de dividir al Estado-nación. Se repite que todos somos mestizos, que la música nos mezcla, que la alegría nos hermana y que la Constitución política reconoce la diversidad. 



Por: Jefferson Montaño Palacio


Sin embargo, bajo esa música y esas declaraciones, persisten personas que son detenidas con mayor frecuencia, territorios condenados al abandono y voces obligadas a demostrar, una y otra vez, que también pertenecen a la patria (milagro)... 


El texto “Subjetividades políticas negras y racismo en desmentida en Colombia”, del profesor e investigador Eduardo Restrepo, a quien no conozco en persona, pero me ha hablado mucho sobre su trabajo, convicción y aporte hacia el pueblo afrocolombiano, mi hermano menor Gustavo A. Santana Perlaza, quién me pidió gentilmente interpelar el texto, el cual me permitió revisar mirando allí donde Colombia suele cerrar los ojos. Su aporte es valioso porque no se limita a denunciar la discriminación: también interroga la manera en que se construye eso que llamamos “ser negro”. No como una esencia natural, fija e inmutable, sino como una experiencia atravesada por la historia, la política, el territorio y las relaciones sociales.


La reflexión de Stuart Hall, retomada por Restrepo, resulta fundamental: ser negro no es simplemente una cuestión de naturaleza, sino de historia y de política. Nadie nace con un significado social inscrito de manera definitiva en la piel. Ese significado se produce en contextos concretos. Hall podía no ser considerado negro en la Jamaica de su infancia; sin embargo, serlo inevitablemente en la Inglaterra a la que llegó para estudiar. La negritud, entonces, no aparece como una etiqueta universal que se aplica del mismo modo en todas partes. Cambian de lugar, de época a época y de mirada en mirada.


En Colombia, esa variación es evidente. No se vive la negritud de la misma manera en Cartagena, Quibdó, Bogotá, Tumaco, Cali o en los pequeños pueblos del Caribe y del Pacífico. Las formas de racialización se mezclan con la clase social, la educación, el prestigio, el acento, el lugar de residencia y la apariencia. Una persona puede ser leída como negra-afro en un espacio y como mestiza en otro; puede ser nombrada desde afuera de una manera que no coincide con la forma en que se nombra a sí misma. 


Esta tensión entre la “adscripción” —la posición que otros asignan— y la “identificación” —la subjetividad con la que una persona se reconoce— es uno de los puntos más provocadores del texto. Porque no siempre ser considerado negro-afro significa reconocerse como tal, ni siempre quien se reconoce negro-afro es leído por los demás de la misma manera. En ese desencuentro se revela algo profundo: la identidad no es una habitación cerrada, sino un territorio en disputa. 


Pero esa disputa no ocurre en condiciones de igualdad. En una sociedad abrazada por el racismo, la posibilidad de nombrarse también está condicionada por el poder. Durante siglos, a pueblos afroascendientes se les impusieron nombres, oficios, destinos y lugares. Se le hizo aparecer como fuerza de trabajo, paisaje, folclor y  periferia. Y cuando estos pueblos levantaron la voz para decir “somos sujetos políticos”, el país muchas veces respondió con sorpresa, incómoda o silencio. 


De allí la importancia de hablar de “subjetividades políticas negras y racismo en desmentida en Colombia”. No se trata solamente de reconocer que existen comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras. Se trata de comprender que ellas producen pensamiento, memoria, organización y proyectos de país. Sus luchas no son demandas particulares desconectadas del destino nacional. Cuando una comunidad reclama por su territorio, está defendiendo la vida. Cuando una mujer negra-afro denuncia la violencia racista, está aplicando la idea de justicia. Cuando un joven negro-afro exige representación, está preguntando quién tiene derecho a imaginar el futuro de Colombia.


El racismo en desmentida opera precisamente negando estas evidencias. “Aquí no hay racismo”, se dice mientras se atribuye la pobreza a la falta de esfuerzos individuales. “Todos somos iguales”, se afirma mientras las oportunidades se distribuyen de manera desigual. “No hay que hablar de color”, se aconseja, como si el silencio pudiera borrar las jerarquías que el color ha producido durante siglos. 


La negación no elimina el racismo; lo vuelve más difícil de nombrar y, por tanto, más difícil de combatir. Un racismo que no se reconoce puede presentarse como costumbre, chiste, preferencia, señalamiento, sospecha o simple coincidencia. Se esconde en la pregunta sobre el cabello “apropiado”, en la vigilancia selectiva, en el empleo negado, en la exotización de las pieles de mujeres y hombres negros-afro y en la representación limitada de los quehaceres cotidianos: casa, mesa, cocina y trabajo pesado. 


Por eso la contribución de Eduardo Restrepo es también una invitación a la honestidad intelectual y político. Su trabajo me recuerda que no basta con celebrar la diversidad en los discursos oficiales. Hay que preguntar quién define esa diversidad, quién la representa, quién se beneficia de ella y quién sigue siendo excluido. Hay que escuchar las formas en que las personas negras-afro se nombran, se organizan y disputan las imágenes que otros han construido sobre ellas.  


Finalmente, Colombia no será más unida por negar sus diferencias. Será más justa cuando pueda mirarlas de frente, sin convertirlas en estigma ni en espectáculo. La negritud no es una marca de inferioridad ni una decoración de la identidad nacional. Es la memoria, resistiendo desde el pensamiento y la creación. Es una manera de habitar la historia y de transformarla.


Tal vez el primer paso para desmontar el racismo sea dejar de fingir que no lo vemos. Nombrar el color no divide: divide la desigualdad; reconocer la existencia de subjetividades políticas negras no fragmenta la nación; la hace más verdadera. 


Porque un país que se niega a mirar sus heridas termina llamando “normalidad” a la cicatriz. 




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