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Donovan: la Polizía se lleva a un hermano


Donovan: la Polizia se lleva a un hermano


Donovan: la Polizía se lleva a un hermano 


Hay muertes que llegan como una noticia. Otras llegan como un disparo que rompe para siempre la arquitectura de una familia. La muerte de Donovan Balanta Paz, mi hermano menor, pertenece a esas ausencias que no caben en una esquela, ni mucho menos en una cifra, ni en las estadísticas de una ciudad acostumbrada a contar muertos como quien cuenta las horas de una noche fría.



Por: Jefferson Montaño Palacio 


Donovan murió en Ciudad Bolívar, Bogotá. Su familia sostiene que fue asesinado por integrantes de la Polizía Nazional. Esa afirmación exige verdad, investigación rigurosa y justicia. Pero antes de cualquier expediente, antes de cualquier comunicado institucional, existe una realidad imposible de borrar: Donovan tenía una vida, un nombre, una historia, una familia y un futuro que ya no podrá continuar. 


Cuando se asesina a un hermano menor, no solamente muere una persona. Muere también una parte de nuestra propia infancia. Se queda una silla vacía, una voz que ya no contesta, una fotografía que adquiere otra dimensión y una pregunta que comienza a perseguirnos: ¿Por qué tuvo que morir?


La muerte de Donovan nos obliga a mirar hacia Ciudad Bolívar, pero también hacia Colombia que todavía no ha aprendido a resolver sus conflictos sin convertir algunos cuerpos en territorios desechables. Nos obliga a preguntar qué significa realmente proteger cuando quién debe garantizar la vida termina siendo señalado como responsable de una muerte. 


Ciudad Bolívar no puede ser una geografía de vidas de segunda categoría. Caracolí no es solamente el lugar donde ocurrió un procedimiento policial. Es también un territorio popular situado en una de las zonas periféricas de Bogotá, en la frontera urbana y administrativa con Soacha. Allí se cruzan desigualdades, precariedad, migraciones, exclusiones y profundas diferencias sociales. 


Y allí también viven ciudadanos. Ciudadanos con derechos en donde el cuerpo no puede convertirse en el lugar donde se prueba hasta dónde puede llegar la autoridad. La discusión sobre Donovan tampoco puede reducirse a determinar si hubo o no una riña. La pregunta democrática es mucho más profunda: ¿Cuál fue la necesidad de la fuerza empleada? ¿Fue proporcional? ¿Fue estrictamente necesaria? ¿Hubo alternativas? ¿Qué ocurrió después de la reducción? ¿Se garantizo la integridad física de Donovan? ¿Quién supervisó el procedimiento? ¿Qué hicieron los uniformados cuando su estado de salud se deterioró?  


No escribo solamente desde la indignación. Escribo desde el dolor. Y el dolor también piensa. Piensa cuando recuerda que detrás de cada uniforme existe una institución que debe responder ante la sociedad. Piensa cuando entiende que la autoridad no puede confundirse con impunidad. Piensa cuando descubre que la justicia no consiste únicamente en encontrar a un responsable, sino en reconstruir con verdad aquello que una familia perdió para siempre a un hijo, hermano, padre y ciudadano. Era alguien que tenía derecho a regresar a casa.


Por eso su muerte no puede quedar sepultada bajo el lenguaje frío de los comunicados oficiales. Cuando una familia denuncia que un integrante de la fuerza pública participó en la muerte de uno de los suyos, la respuesta del Estado no puede ser el silencio, la indiferencia o la simple defensa corporativa. La respuesta debe ser verdad, sumarse una investigación independiente, garantías procesales y justicia.


Porque la democracia también se mide por la manera como trata a quienes han perdido a los suyos. Hay ciudades y municipios que se acostumbran demasiado rápido al dolor de los barrios populares. Ciudad Bolívar no debería ser un lugar donde la vida tenga menos valor porque se nace lejos de los centros del poder. Bogotá no debería tener geografías donde la muerte parezca más tolerable dependiendo del apellido, del barrio o de la condición social. 


Colombia no debería necesitar otra familia rota para recordar que la vida es un derecho. Hoy escribo el nombre de Donovan para que su ausencia no sea silenciosa. lo dejó escrito porque hay nombres que deben convertirse en memoria. Donovan Balanta Paz, un hombre negro, familiar, nuestro. Un hombre que ahora dueles, un hombre que pregunta, un hombre que exige verdad. 


Finalmente, no queremos una justicia fabricada para tranquilizar titulares. Queremos una justicia capaz de mirar a una madre, a unos hermanos, a unos hijos, a una familia y decirles la verdad, aunque esa verdad sea extremadamente dolorosa. 


Porque la vida de Donovan no puede valer menos que el uniforme de quién sea señalado por su muerte. Donovan se fue demasiado pronto, pero su nombre permanece. Y mientras permanezca su nombre, permanecerá también nuestra pregunta: ¿Quién responde por la vida que nos arrebataron? 


Y sobre todo, debe ser el compromiso de que ninguna otra familia tenga que aprender a pronunciar el nombre de un hermano muerto como si la muerte fuera un destino inevitable. 


¡Mi abrazo cálido y sonoro por todos los que todavía esperan justicia! 


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