Robo con él: Dios te bendiga
Hay ladrones que llegan con un arma blanca. Otros llegan con corbata. Unos rompen la ventana; otros entran por la puerta principal, estrechan manos, sonríen para las cámaras, prometen salvar la patria y, antes de marcharse, levantan los ojos al cielo. —Dios te bendiga en donde Colombia conoce de cerca esa escena— La conoce tanto que a veces ya ni siquiera preguntan quién se llevó la plata. Preguntan solamente si dejó la factura.
Por: Jefferson Montaño Palacio
Porque este país aprendió hace mucho que el poder tiene una extraordinaria capacidad para cambiarle el nombre a las cosas. Al soborno le dicen gestión. Al clientelismo le dicen gobernabilidad. Al privilegio le llaman mérito. A la propaganda le dicen comunicación. A la deuda le dicen independencia. Y en ocasiones, al dinero prestado se le termina diciendo dinero propio. Ahí empieza esta historia. No es una historia sobre Dios; es una historia sobre el lenguaje, sobre el dinero, sobre la memoria y, sobre todo, sobre esa peligrosa costumbre colombiana de escuchar una frase suficientemente contundente y empezar a confundirla con una verdad.
El hombre que dijo: “Qué no le debo favores a nadie, mi campaña la pago yo”. Abelardo de la Espriella construyó buena parte de su identidad política sobre una idea poderosa: él no necesitaba a nadie. El 14 de agosto de 2025 afirmó públicamente que financiaba su campaña con recursos propios. Dijo, además, que “su independencia financiera le permite tomar decisiones sin favores ocultos ni favores que devolver”.
Era un mensaje eficaz. Casi perfecto, porque además, en una Colombia cansada de padrinos, caciques, contratistas y chequeras ocultas, aparecer como el hombre que podía pagar su propia candidatura significaba presentarse como un candidato sin acreedores políticos; un hombre sin dueño. Un candidato sin deuda, una especie de llanero solitario con cuentas bancarias. Pero la política, a diferencia de la poesía, tiene una enfermedad incurable: son los números, los cuales no aplauden, no gritan, no se emocionan ni mucho menos votan.
Pero recordemos que cuando llegaron los reportes financieros del Consejo Nacional Electoral, apareció una historia diferente. Según la información reportada por la campaña y recogida por cuentas claras, para la primera vuelta los ingresos registrados provienen de créditos bancarios: $15.000 millones del Banco de Bogotá, $5.000 millones del BBVA y $16.000 millones de Bancolombia. El mismo reporte señala que no aparece dinero aportado directamente por De la Espriella de su patrimonio.
Más adelante, el seguimiento de Transparencia por Colombia mostró que, para la segunda vuelta, la campaña reportó un crédito de $17.500 millones con el Banco GNB Sudameris. No hay que ser economista para comprender la diferencia entre un patrimonio y un préstamo. Un cheque propio es una cosa y una deuda bancaria es otra cosa. Y una promesa política es otra cosa completamente distinta. La pregunta, entonces, no es si un candidato puede pedir un crédito. Por supuesto que puede. La pregunta es por qué un candidato que había construido su independencia política alrededor de la idea de “mi campaña la pago yo” terminó teniendo una campaña cuya financiación reportada provenía fundamentalmente del sistema financiero.
Ahí está la grieta. Pequeña al principio. Pero las grietas tienen una extraña costumbre: cuando entra suficiente luz por ellas, uno descubre que la pared no era tan sólida como parecía. George Orwell entendió este fenómeno antes de que existieran Instagram, TikTok o X, es decir, las campañas políticas hechas a punta de algoritmos. En su ensayo Politics and the English Language, dejó dicho que el lenguaje político puede estar diseñado para hacer que las mentiras parezcan verdades y para dar apariencia de solidez a lo que no tiene.
No hace falta utilizar toda la frase de Orwell para comprender su advertencia. Basta observar cómo algunas palabras se maquillan hasta perder su significado: “propio”, “independiente”, “patriota”, “transparente”, “sin favores”. Las palabras también hacen campaña. Y algunas hacen campaña mejor que los candidatos. Porque una palabra repetida mil veces termina pareciendo una prueba, pero no lo es. La prueba está en los documentos. El relato puede decir: “Yo pago”. La contabilidad puede decir: “Crédito bancario”. Y entre ambas frases se encuentra la responsabilidad del periodismo y, sobre todo, la inteligencia del ciudadano de a pie.
El maestro Gabriel García Márquez, Q.E.P.D., lo dijo de mil maneras en sus escritos y el país recuerda que Colombia tiene una relación extraña con la memoria. En Cien años de soledad, el olvido no aparece simplemente como una falla individual; termina convirtiéndose en una condición colectiva. Los habitantes de Macondo llegan incluso a ponerles nombres a las cosas porque temen olvidar para qué sirven. No es una mala metáfora para Colombia; aquí también deberíamos ponerle etiquetas a ciertas cosas: esto fue corrupción, esto fue mentira, esto fue abuso. Esto es una promesa incumplida, esto fue dinero prestado, porque dejamos que el lenguaje borre las diferencias; la historia queda a merced de quien tenga el micrófono más grande.
Cuando digo “robo”, no estoy afirmando que Abelardo haya cometido el delito de “hurto”, ni que los créditos bancarios constituyan una conducta ilegal. No sería tan irresponsable afirmarlo sin una decisión judicial que lo establezca. Hablo de otro robo. Uno más sutil. El robo de significado, el robo de la confianza, el robo de la palabra. Porque cuando un político dice una cosa y los documentos muestran otra, alguien pierde algo. Tal vez no sea dinero. Tal vez sea algo más importante que la confianza del ciudadano: Y la confianza, cuando se rompe, no se recompone con propaganda. Ni con banderas, himnos, frases religiosas, fotografías junto a la virgen. Ni mucho menos, con un “Dios te bendiga”.
Finalmente, debo decir, que hay un hermoso “Dios te bendiga”. Es el de la abuela que despide a su nieto cuando llega o se va. El de la madre que siempre acompaña a su hijo. El del desconocido que comparte un plato de comida. La persona que te ayuda sin pedir nada a cambio. Ese “Dios te bendiga” nace de la generosidad. Pero hay otro que aparece cuando alguien ya no tiene argumentos. El que intenta poner una aureola donde debería haber una explicación, el que convierte una pregunta contable en una discusión religiosa. Ese es el “Dios te bendiga” que me preocupa sobremanera.
Porque Dios no debería ser utilizado como contador. Ni mucho menos como un testaferro o gerente de campaña. La fe no puede servir para borrar una cifra. Y una oración no puede sustituir una auditoría forense.

0 Comentarios