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Palestina y el silencio de Colombia


Palestina y el silencio de Colombia


Palestina y el silencio de Colombia


Hay ocasiones en que la historia no necesita grandes discursos para revelar de qué está hecha una época. Basta una silla vacía. Una bandera que espera. Un micrófono encendido frente a un auditorio lleno. Y, al otro lado, un pueblo que inquieta en hacerse escuchar mientras las puertas de la diplomacia se cierran. 



Por: Jefferson Montaño Palacio


El 17 de septiembre de 2026, en Nueva York, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó por 152 votos una resolución que reclamó a EE.UU., revertir las directrices que impedían la participación presencial de la delegación palestina en el octogésimo primer periodo de sesiones. Tres países votaron en contra y cuatro se abstuvieron, entre estos Colombia. 


No fue un voto negativo, y conviene decirlo con precisión. Fue una abstención. Pero en la política internacional las abstenciones también hablan. A veces hablan más bajo que un “no”, pero no por eso dejan de dejar una huella en el acta. Colombia decidió no acompañar una resolución respaldada por una abrumadora mayoría de la Asamblea General. No estuvo entre quienes votaron contra el texto, pero tampoco entre quienes respaldaron explícitamente la participación palestina. Esa diferencia jurídica y diplomática importa, porque la memoria internacional suele construirse precisamente con esas pequeñas palabras: sí, no, abstención, ausencia. 


Y mientras aquella votación ocurría, Colombia tampoco llevó a su presidente a Nueva York. Abelardo de la Espriella decidió no asistir personalmente a la Asamblea General y su Gobierno quedó representado por el vicepresidente José Manuel Restrepo. La decisión había sido anunciada como parte de la promesa presidencial de no salir del país durante el mandato. Es una determinación política legítima de un Gobierno, pero también abre una pregunta que trasciende al mandatario de turno: ¿Qué significa representar a Colombia cuando el mundo se reúne precisamente para hablar de guerras, pueblos desplazados, fronteras, derechos humanos y nuevas formas de poder? 


Porque Naciones Unidas no es solamente un edificio de vidrio frente al East River. Es decir, con todas sus contradicciones, uno de los pocos escenarios donde los Estados pequeños pueden sentarse en la misma sala que las grandes potencias y hacer constar su posición. Allí la palabra de una nación no pesa siempre por su fuerza militar ni por el tamaño de su economía. Pesa también la coherencia entre lo que dice defender y la manera como vota cuando llega el momento de levantar la mano. 


Palestina volvió a encontrarse con una paradoja dolorosa: tener voz, pero no necesariamente por entrar por la puerta. Estados Unidos negó por segundo año consecutivo las visas a Mahmud Abás y a otros integrantes de alto nivel de la delegación palestina. La Asamblea respondió permitiendo que Abás participe mediante una intervención pregrabada. Es una imagen profundamente simbólica: mientras el mundo habla de participación, hay representaciones que deben hacerlo desde una pantalla; mientras se proclama el multilateralismo, una frontera nacional puede convertirse en el límite de una voz internacional.


Y aquí aparece Colombia, con su propia silla vacía. No una silla completamente desocupada, porque hubo representación diplomática. Pero sí una silla presidencial ausente en un momento cargado de significado. El país estuvo allí sin estar del todo. Estuvo su delegación, pero no su jefe de Estado. Estuvo su bandera, pero no la voz presidencial. Y estuvo su voto —o, mejor dicho, su abstención— en una resolución que buscaba defender la participación palestina en uno de los principales foros multilaterales del planeta. 


La pregunta, entonces, no debería ser únicamente por qué Colombia se abstuvo. La pregunta más profunda es en qué política exterior quiere construir el país en esta nueva etapa. ¿Una diplomacia concentrada en los intereses inmediatos? ¿Una política exterior que privilegie determinadas alianzas? ¿Una estrategia de distancia frente a los conflictos internacionales? Las respuestas corresponden al Gobierno y a la sociedad colombiana. Lo que sí puede exigirse al debate público es claridad: que cada decisión internacional sea explicada ante los ciudadanos y que la política exterior no se convierta en una sucesión de gestos incomprensibles para quienes, finalmente, son representados en nombre de Colombia. 


Porque la diplomacia también tiene memoria. Colombia conoce demasiado bien lo que significa vivir con desplazamientos, víctimas, territorios disputados, desaparecidos y generaciones enteras creciendo alrededor de la palabra “conflicto”. Por eso Palestina no debería ser solamente un asunto lejano, dibujado sobre un mapa del Medio Oriente.  También puede ser un espejo incómodo en el que un país como Colombia reconoce preguntas que le resultan familiares: ¿Qué hacemos cuando la guerra convierte a los civiles en cifras? ¿Qué hacemos cuando la política internacional transforma el dolor humano en cálculo estratégico? ¿Qué hacemos cuando la paz se pronuncia en los discursos, pero encuentra obstáculos cuando debe convertirse en decisión? 


La ONU aprobó la resolución con una mayoría contundente; fueron 152 países a favor. Israel, EE.UU., y Paraguay votaron en contra, mientras Panamá, Perú, Honduras y Colombia estuvieron. Ese mapa de votos no determina por sí solo quién tiene la razón en el conflicto Israel-Palestina, pero sí muestra una fractura diplomática que merece ser observada con atención. También muestra que el debate sobre Palestina continúa ocupando un lugar central en el sistema internacional, incluso cuando algunos gobiernos intentan limitar su presencia física en los escenarios multilaterales. 


Quizás por eso la imagen que queda de Nueva York no es la de una votación, sino la de una puerta. Una puerta que algunos quisieron cerrar y que la Asamblea General pidió mantener abierta. Una puerta por donde debería entrar la palabra antes que el disparo, la diplomacia antes que la imposición, la política antes que la violencia. Y Colombia, país que conoce el precio de cerrar demasiado tarde las puertas de la paz, decidió esta vez permanecer en el umbral.


Finalmente, no podemos convertir una abstención en un “no”, ni una ausencia presidencial en una condena definitiva. Pero tampoco corresponde convertirlas en hechos sin significado. Las democracias necesitan preguntas incómodas. Y esta es una de ellas; cuando Palestina buscaba una silla en la mesa de Naciones Unidas, qué lugar decidió ocupar Colombia? 


Tal vez la historia no recuerde solamente quien habló aquel día. Tal vez recuerde también quién calló, quién se abstuvo y quién decidió no estar. Porque hay momentos en que la ausencia también tiene una voz. Y algunas veces, aunque nadie pronuncie una palabra, el silencio termina quedando escrito en las actas de la historia.




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