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El Pacífico: ¿los condenados de la tierra?


El Pacífico: ¿los condenados de la tierra?


El Pacífico: ¿los condenados de la tierra?

En pleno siglo XXI, mientras hablamos de revoluciones tecnológicas, transición energética, inteligencia artificial y ciudades conectadas, Tumaco, El Charco, Mosquera, Satinga y tantos otros municipios del Pacífico siguen enfrentando condiciones que deberían escandalizar al país entero. Poblaciones enteras se han acostumbrado a vivir sin energía, sin agua, sin conectividad, con dificultades para acceder a servicios básicos. Y eso no puede seguir siendo presentado como parte de la normalidad del Pacífico.

 

Por: Gustavo Adolfo Santana Perlaza

Esta realidad me devuelve a Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon (1961). Sus planteamientos permiten pensar cómo el poder produce geografías diferenciadas desde la línea de lo humano y no humano: espacialidades donde determinadas poblaciones quedan expuestas de manera permanente a condiciones de vida desiguales, en sus palabras: zonas de no-ser. No se trata de trasladar mecánicamente la experiencia colonial que Fanon analizó al Pacífico colombiano. Se trata de recuperar una pregunta que sigue interpelándonos: ¿Cómo se producen especialidades en donde sobrevivir termina siendo la principal posibilidad de vivir y cómo logramos naturalizarlas?

La violencia estructural tiene justamente esa particularidad. Muchas veces no tiene un rostro visible. No sabemos quién es exactamente el victimario porque la violencia aparece en las decisiones, en las prioridades, en los presupuestos, en las obras que se aplazan, en las necesidades que pueden esperar y en las desigualdades que se vuelven permanentes.

También hay violencia cuando las garantías para unos llegan con rapidez y para otros se prolongan durante décadas o nunca llegan.

Con esto no estoy cayendo en la lógica esencialista de decir que los responsables son solo agentes externos; también tienen que ver muchos como nosotros, que han gestado sus movilidades sociales en contravía de su propia gente. Es todo un entramado de violencias producidas por un racismo estructural donde también gente nuestra es cómplice.

¿En qué momento nos convencieron de que vivir sin agua, sin energía, sin conectividad y sin servicios básicos era simplemente “la realidad del Pacífico”?

No podemos romantizar la capacidad de respuesta de nuestra gente mientras ignoramos las condiciones que hacen necesaria esa apuesta. No podemos convertir la resiliencia en una excusa para que la precariedad continúe. Nuestra gente no deberían ser admirados por sobrevivir a condiciones que el Estado y la sociedad tienen la responsabilidad de transformar.

También necesitamos preguntarnos qué pasó con nuestras propias agendas de lucha. Hubo generaciones que disputaron tierra, autonomía, derechos, educación y condiciones materiales para vivir. El Tumacazo, precisamente hace 38 años, un 16 de septiembre, buscaba desmontar el centralismo pastuso y exigir energía, agua y salud para la gente; 38 años después, el mismo 16 de septiembre, Tumaco sigue sin agua, sin energía y sin internet. Hoy nuestras luchas han cambiado, las hemos llevado hacia el reconocimiento de nuestras identidades, memorias y culturas. ¿Esa lucha sigue siendo necesaria? O más bien, ¿Qué ocurre cuando la dimensión simbólica empieza a ocupar todo el espacio y dejamos en segundo plano la pregunta por las condiciones materiales de la existencia?

Por eso sigo insistiendo: no podemos normalizar el sufrimiento social del Pacífico. No nacimos para vivir sin lo básico. No tenemos que acostumbrarnos. No tenemos que agradecer por aquello que debería estar garantizado como un derecho, ya que, aparentemente, a los mandatarios locales de estas zonas les encanta que les lamban por cumplir con su deber. Necesitamos volver a centrar nuestras apuestas políticas sobre lo concreto: el agua, la energía, la conectividad, la educación, la salud, el empleo, la infraestructura, la tierra y las posibilidades de construir una vida digna.


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