Ayudas humanitarias: el
fetiche de un desastre
Regresé a Cali, muchos días después del
terremoto que ya todos conocemos, a ver de primera mano la magnitud de la
tragedia. Es profundamente estremecedor ver la arquitectura derrumbada, o en el
menos peor de los casos, fracturada. Este viaje lo hice en servicio público y
de noche, no sé si para evitar que la luz del día me generará más melancolía de
la estrictamente necesaria o si para dejar que el duelo se obnubilará en la
obscuridad de una ciudad que no termina de encontrar a sus desaparecidos.
Por: Jeffrey Arcos Troyano
Mientras avanza el camino, veo en las
noticias una foto en la que el presidente de la República, Abelardo de la
Espriella (ABDE), está posando, entregando un kit de ayuda humanitaria
inmediata a una mujer damnificada y en el fondo aparece una vivienda totalmente
en ruinas. En la imagen también posa alguien con un chaleco de la UNGRD
sosteniendo la entrega, siendo esta la alcaldesa de Buenaventura.
No obstante, lo que llama poderosamente
la atención al punto de generar una visceral indignación es que en el kit
sobresale un balón de fútbol con el logo del partido político Defensores de la Patria
al que ABDE pertenece. Todo ha sido fríamente calculado en aquella fotografía y
el balón no es ingenuo porque está ahí para ubicar en las antípodas de nuevo a
las facciones que por un momento dejaron los colores políticos en medio de la
tragedia. Este kit está buscando un Van der Lubbe que encienda la hoguera en un Reichstag
2.0; en otras palabras, ABDE necesita un motivo que recrudezca la polarización
que se enfrió después del 10 de agosto y que viene retrasando su agenda de
perfilar para neutralizar a los enemigos de su patria milagro.
La fraternidad y solidaridad del pueblo
no son elementos que convengan a sus propósitos. Los esfuerzos por opacar el
trabajo mancomunado de colectivos como la primera línea o la guardia indígena
en las labores de rescate se estrellan contra la fetichización de su propio
protagonismo; ese afán de posar impoluto ante liderazgos regionales, rodeado de
un coreografiado séquito que alza las manos para enaltecerlo mientras él asoma
en una camioneta, pero, siempre al margen de donde se encuentra la verdadera
catástrofe. Esta puesta en escena es lo que Walter Benjamín diagnosticó
como la estetización de la política ante la incapacidad de transformar la
realidad y garantizar derechos, el poder apela al espectáculo, ofrece a la
ciudadanía una escenografía de la solidaridad en la que la utilería partidista
y el encuadre perfecto de la ruina reemplazan la verdad.
En momentos en los que la cámara debería
documentar el socorro, produce en su lugar una ilusión que estetiza la tragedia
para consumo de las masas. Sin embargo, si la lente del régimen busca fijar la
imagen prístina del líder, el reverso de esa fotografía evoca al Angelus
Novus al que la ciudadanía observa horrorizada cómo los escombros de Cali
se amontonan hasta el cielo; este ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos
y reparar lo destruido, pero la tempestad del cálculo sopla con tal fuerza
desde el poder que lo arrastra imparable hacia el futuro, dejándole a sus
espaldas únicamente la acumulación de la ruina. Mientras el mandatario posa
sonriente para la foto sosteniendo el balón, el ángel contempla la verdadera
tragedia, una política: que ha renunciado a sanar la herida humana y que
prefiere convertir la devastación en mera utilería de su propaganda y que a su
turno se convierta por mitosis en la dinamita que sirva para perfilar a los
enemigos de su visión de mundo y ganar así un motivo para destriparlos.
Jeffrey Arcos Troyano, es
abogado de la Universidad del Cauca, Magíster en Filosofía Política, doctorando
y docente universitario.

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