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El algoritmo votó antes que los colombianos


El algoritmo votó antes que los colombianos

El algoritmo votó antes que los colombianos

Hay preguntas que pertenecen al presente y otras que pertenecen al futuro. Pero algunas, las verdaderamente importantes, hacen ambas cosas al mismo tiempo.

 

Por: Jefferson Montaño Palacio

Después de las elecciones presidenciales de 2026, Colombia puede contar los votos que llevaron a Abelardo De la Espriella a la casa de la Cancillería. Podemos conocer cuántas personas marcaron su nombre en el tarjetón, cuántos votos obtuvo frente a sus contrincantes y cuál fue la diferencia que definió la elección. Pero existe una pregunta que el escrutinio tradicional no puede responder.

¿Cuántos colombianos votaron por Abelardo de la Espriella y cuántos, antes de votar, fueron votados por el algoritmo?

La pregunta no pretende desconocer la voluntad popular ni poner en duda, sin pruebas, el resultado electoral. Pretende algo más profundo: preguntarnos si seguimos entendiendo la democracia con categorías del siglo XX mientras las campañas políticas ya operan con herramientas del siglo XXI. La elección terminó en las urnas, pero la disputa comenzó mucho antes dentro de los celulares.

El filósofo y perspectivista colombiano Francisco José Mojica ha insistido en que el futuro no debe entenderse como un destino inevitable. En su concepción de la prospectiva estratégica, el futuro es múltiple y puede ser construido a partir de las decisiones que toman los actores en el presente.

Esa idea adquiere una dimensión inquietante cuando la trasladamos al terreno electoral. Porque si una plataforma digital conoce nuestros gustos, angustias, búsquedas, conversaciones, nuestras inclinaciones políticas y hasta aquello que nos provoca rabia, entonces ya no estamos hablando únicamente de comunicación política.

Estamos hablando de capacidad de anticipación sobre el comportamiento humano. El algoritmo no necesita saber por quién votaremos con absoluta certeza. Solo basta con identificar qué mensaje tiene mayor probabilidad de hacernos cambiar de opinión, confirmar un prejuicio, indignarnos con un adversario o sentir que pertenecemos a una mayoría.

La política deja entonces de preguntar: “¿Qué quiere la gente?”.

Empieza a preguntar: “¿Qué puede mostrarle a cada persona para conseguir que quiera lo que yo necesito que quiera?”. Ahí comienza el problema democrático.

Durante la campaña presidencial de 2026 y la fábrica de la percepción circularon denuncias sobre presuntas granjas de bots vinculadas a la campaña de Abelardo de la Espriella. Una de ellas señaló una supuesta operación desde Brasil y habló de millonarios recursos destinados a manipular tendencias y algoritmos. El presidente Gustavo Petro pidió al Consejo Nacional Electoral investigar estas denuncias.

De hecho, Fernando Cerimeo, consultor de Abelardo de la Espriella, fue capturado por presunto intento de feminicidio contra su expareja en Bolivia; una investigación por presunto enriquecimiento ilícito llevó a la Fiscalía de La Paz a allanar inmuebles vinculados y decomisar dinero en efectivo y una estructura identificada oficialmente como una granja de Bot.  

Sin embargo, el asunto no quedó únicamente en una denuncia política. Una investigación publicada por La Silla Vacía y difundida por Latam chequea, identificando comunidades de cuentas con comportamiento coordinado alrededor de los principales candidatos. Entre ellas apareció una comunidad asociada a contenidos favorables a De la Espriella, con 1.894 cuentas identificadas dentro de ese comportamiento anónimo. La investigación no equivale a una sentencia judicial ni permite afirmar que cada una de esas cuentas fuera un bots controlado directamente por la campaña. Pero sí ofrece una razón suficiente para que el Estado investigue con seriedad cómo se fabricó la conversación política digital durante la campaña.

Y aquí está la diferencia fundamental. Un voto es individual; una tendencia puede ser fabricada colectivamente. Una persona puede decidir libremente apoyar a un candidato. Pero si miles de cuentas coordinadas repiten simultáneamente que ese candidato representa “la mayoría”, atacan a sus contrincantes y convierten determinados contenidos en tendencia, la percepción del ciudadano puede ser modificada antes de que llegue a la urna.

No necesariamente se cambia su voto. Puede cambiarse algo más importante: el universo de información desde el cual toma su decisión. El gran poder de una granja de bots no consiste simplemente en producir mentiras. Su verdadero poder consiste en fabricar apariencia de consenso. Si una persona entra a X, Facebook, TikTok, Instagram o cualquier otra plataforma y encuentra cientos de mensajes que dicen lo mismo, puede llegar a pensar que está frente a una opinión mayoritaria.

“Todo el mundo piensa así, todos están con él”. “Ese candidato ya gano”. Los otros están acabados”. Pero ¿qué sucede si esa multitud no es una multitud? ¿Qué sucede si es una arquitectura digital? ¿Qué sucede si detrás de miles de perfiles existe un pequeño grupo de operadores, sistemas automatizados, inteligencia artificial y recursos económicos capaces de multiplicar artificialmente una determinada narrativa?

Entonces la democracia comienza a tener un problema que el viejo escrutinio electoral no sabe contar. Porque las urnas cuentan votos y aquí surge la teoría de Nicolás Maquiavelo: se debe avanzar bajo el control de la información y del relato mediante las redes sociales, la propaganda digital o algoritmos. El poder depende de cómo los ciudadanos perciben al gobernante; mediante la reputación, la imagen y la opinión pública la cual tiene importancia política.  

Finalmente, el colombiano Javier Medina Vásquez, uno de los principales referentes latinoamericanos de la prospectiva, ha sostenido que la relación entre futuro, territorio, innovación, conocimiento y la capacidad de anticipación. Su trabajo plantea que los estudios del futuro no centran en adivinar lo que sucederá, sino en desarrollar capacidades para anticipar escenarios y tomar mejores decisiones en el presente.

Medina nos propone la necesidad de fortalecer capacidades desde la prospectiva frente a entornos cada vez más complejos, especialmente en sociedades atravesadas por la revolución tecnológica y la inteligencia artificial.

Por eso la pregunta sobre la elección de 2026 debería ser también una pregunta prospectiva. No solamente ¿qué ocurrió? Sino ¿Qué puede ocurrir si permitimos que esto se convierta en la nueva normalidad electoral?

Quizás se decida entre una ciudadanía que piensa por si misma y un algoritmo que aprende a pensar por ella.

Y esa elección, probablemente, ya comenzó.

 

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