Imposible
no es un hecho: es una imposición
Cada vez que se propone un cambio profundo en este país, aparece la misma respuesta: “Eso es imposible”. No importa si se habla de justicia social, igualdad real o transformaciones estructurales. La frase surge casi de manera automática, como si describiera una realidad objetiva. Pero no lo es.
Por: Carlos Augusto Ángulo Góngora
“Imposible” no es un hecho. Es una palabra impuesta por quienes no quieren que nada cambie, por quienes se benefician de que todo permanezca igual. Porque vale la pena preguntarse: ¿imposible para quién? No es difícil identificar a quién favorece esa narrativa. Beneficia a quienes han construido y protegido sus privilegios sobre estructuras de exclusión; a quienes concentran la riqueza, la tierra y el poder de decidir qué es viable y qué no. Para ellos, toda transformación profunda no representa un avance colectivo, sino una amenaza a sus intereses.
Nombrar algo como “imposible” nunca es inocente. Es una forma de anticiparse al cambio para impedirlo. Es sembrar duda antes de que exista la acción. Es limitar la imaginación antes de que nazca la voluntad. Pero esa estrategia choca con una verdad histórica que este país no puede negar.
Hay pueblos que ya derrotaron lo imposible. Los pueblos africanos y sus descendientes en este territorio enfrentaron uno de los sistemas más violentos de la humanidad. Fueron arrancados de su tierra, cruzaron el océano en condiciones inhumanas, fueron despojados de su identidad y sometidos a una maquinaria sistemática de deshumanización. Y, aun así, resistieron.
No solo sobrevivieron: construyeron. Sostuvieron economías enteras sin recibir nada a cambio. Crearon cultura en medio del dolor. Forjaron comunidad en medio de la exclusión. Defendieron su humanidad incluso cuando todo estaba diseñado para negarla.
Hicieron posible aquello para lo que no existían condiciones. Por eso, decirle “imposible” a un pueblo con esa historia no es solo un error: es una negación deliberada de la realidad.
Lo
imposible solo es aceptado por los pueblos que han perdido la esperanza de
transformar su destino; por quienes han sido convencidos de que su realidad es
inmutable, de que no vale la pena intentar cambiarla. Pero nuestra historia
dice otra cosa.
Por eso no tengo sino palabras de gratitud hacia mis ancestros. Los nombro como benditos. Porque lucharon por una libertad que sabían que probablemente no llegarían a vivir. Porque resistieron incluso cuando lo posible ni siquiera alcanzaba a vislumbrarse. Porque proyectaron sus esfuerzos hacia el futuro, sembrando en el tiempo aquello que les fue negado en el presente.
Ellos no vivieron lo posible. Lo hicieron existir. Y ahí está la clave. Lo imposible comienza a derrumbarse cuando el deseo de transformación deja de ser individual y se convierte en una decisión colectiva. Cuando ya no se trata únicamente de mejorar una condición inmediata, sino de transformar el destino histórico de pueblos enteros.
Nuestros ancestros derrotaron lo imposible. Porque incluso el peor día de nuestras vidas —con todas sus dificultades— sigue siendo parte de la lucha que ellos dieron para que ese día pudiera existir. Lo que hoy cuestionamos, para ellos fue horizonte. Lo que hoy nos parece insuficiente, para ellos fue sueño.
Entonces la pregunta cambia. Ya no es si algo es posible o no. La pregunta es: ¿Cómo lo hacemos posible? ¿Cómo convertimos la narrativa que busca paralizarnos en una fuerza que nos movilice? ¿Cómo dejamos de aceptar los límites impuestos y empezamos a construir nuevas condiciones?
La historia vuelve a dar una pista: ningún cambio profundo comenzó con garantías. Ninguna transformación nació de mayorías claras ni de certezas absolutas. Todo comenzó con pueblos que decidieron avanzar incluso cuando todo indicaba que no se podía.
Por eso, procesos de transformación estructural —como una constituyente o cualquier forma de reorganizar lo común— no son una fantasía. Son la continuidad de una lucha más larga: la de quienes nunca aceptaron que su lugar en el mundo ya estaba definido.
Aceptar lo “imposible” no es realismo. Es renunciar a esa historia. Es olvidar que hubo quienes, sin condiciones, sin certezas y sin tiempo a su favor, decidieron luchar de todos modos. Y gracias a ellos, hoy sabemos algo que no debería olvidarse nunca: Imposible no es un hecho. Es una palabra.
Y los
pueblos que conservan la memoria, la dignidad y la voluntad de transformar su
destino saben que ninguna palabra tiene más poder que su decisión de cambiar la
historia.

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