¿Quién decide quién está “educado” en Colombia?
Colombia
atraviesa un momento decisivo. No está en juego únicamente la disputa por
cargos o elecciones, sino el sentido mismo de lo que entendemos por dignidad,
justicia y democracia.
Por: Carlos Augusto Ángulo Góngora
En los últimos días, sectores
tradicionales han intentado deslegitimar a nuevas voces que emergen desde los
territorios. Lo hacen a través de un argumento que aparenta ser técnico, pero
que en el fondo es profundamente político: cuestionan la “falta de educación”
de quienes hoy representan a comunidades históricamente excluidas.
Cabe entonces una pregunta fundamental:
¿qué significa realmente estar educado en Colombia? Durante décadas, el acceso
a la educación formal ha estado concentrado en las élites. No se trata
únicamente de asistir a una universidad, sino de formarse dentro de una visión
del mundo que, en muchos casos, ha justificado la desigualdad, normalizado la
exclusión y evitado cuestionar las raíces profundas de nuestras injusticias.
Mientras tanto, millones de colombianas y colombianos —pertenecientes a comunidades negras, campesinas e indígenas—, han sido sistemáticamente excluidos de ese sistema. No por falta de capacidad, sino como resultado de un modelo que nunca fue concebido para incluirlos.
Y aun así, esos mismos sectores han
producido conocimiento. Han construido formas propias de entender el país desde
la experiencia, la resistencia y la organización colectiva. Han aprendido en
las asambleas comunitarias, en la defensa del territorio, en la lucha cotidiana
por la vida.
Eso también es educación. Una educación
que enseña a reconocer la injusticia, a nombrarla y a enfrentarla. Una
educación que no se mide en títulos, sino en conciencia: en la capacidad de
comprender por qué un país tan rico puede ser, al mismo tiempo, tan
profundamente desigual.
Por ello, resulta inaceptable que hoy se
pretenda descalificar a liderazgos sociales por no haber transitado los mismos
espacios que históricamente les fueron negados.
No es falta de educación. Es una
educación distinta. Una educación que no reproduce privilegios, sino que los
cuestiona; que no se acomoda al poder, sino que lo interpela; que no olvida la
historia, sino que la enfrenta con dignidad.
Hoy Colombia tiene la oportunidad de
reconocer ese saber. De comprender que el liderazgo no nace exclusivamente en
las aulas, sino también en los territorios, en las comunidades, en la lucha
diaria por sobrevivir y transformar la realidad.
No se trata de reemplazar una élite por
otra. Se trata de abrir el país. De permitir que quienes han sido
históricamente excluidos participen plenamente en la construcción del futuro.
Esto, sin duda, genera incomodidad.
Obliga a cuestionar privilegios y a aceptar que la voz del país es mucho más
diversa de lo que durante años se nos hizo creer.
Pero esa incomodidad es necesaria.
Porque no hay democracia real sin inclusión, no hay justicia sin reconocimiento
y no hay futuro si seguimos ignorando a quienes han sostenido este país desde
abajo.
Hoy, más que nunca, Colombia necesita
escuchar esas voces. No para concederles un espacio simbólico, sino para
construir, junto a ellas, un país distinto. Un país donde la educación deje de
ser un filtro de exclusión y se convierta en una herramienta de liberación. Un
país donde la dignidad no dependa del origen, sino que sea un derecho efectivo
para todos y todas.
Ese
es el desafío de nuestro tiempo. Y también, nuestra responsabilidad.

0 Comentarios