Francia Elena Márquez Mina: nuevamente nos traiciona
La política colombiana tiene una habilidad casi artística para convertir la rebeldía en decoración institucional. Si no la elimina, eso sería demasiado burdo; la absorbe, la peina y la sienta en la mesa principal. Y en ese proceso, lo que alguna vez fue un grito de ruptura termina sonando peligrosamente parecido al ambiente del establecimiento. El caso de la vicepresidenta Francia Elena Márquez Mina, avalada por el Polo Democrático Alternativo (PDA) en su carrera presidencial por la consulta del Pacto Histórico en 2021, vuelve a encender una pregunta incómoda dentro de la izquierda colombiana: ¿Qué ocurre cuando la esperanza insurgente establece una alianza con el establecimiento que juró desafiar?
Por: Jefferson Montaño Palacio
Francia Elena no fue una candidatura más. Su irrupción representó para amplios sectores de la izquierda una narrativa ética y política. El aval del PDA no era un trámite burocrático; era una señal simbólica de pertenencia a un proyecto que históricamente se definió como alternativa frente a las prácticas tradicionales del poder. Su campaña se construyó sobre un discurso de transformación estructural, mediante la justicia social, el antirracismo y el feminismo haciendo ruptura con la política clientelar que ha moldeado buena parte de la institucionalidad colombiana.
Francia Elena no llegó al escenario nacional sola ni mucho menos para ser una figura decorativa. Su irrupción fue leída –y celebrada-- como una fractura simbólica: una líder ambiental, defensora de la vida y de la base popular entrando al corazón del poder prometiendo incomodar al sistema. No obstante, el sistema colombiano tiene estómago fuerte: digiere disidentes con la “mayor elegancia”, como lo cantó Néstor Sánchez en el 79 con la Orquesta Harlow.
La cercanía y acompañamiento con Roy Barreras, un profesional de la elasticidad ideológica y veterano del reciclaje politiquero y chantaje partidista, no es un detalle menor ni mucho menos un chisme de pasillo; es un símbolo. Y en política los símbolos importan más que los comunicados. Porque cuando quienes prometen confrontar las lógicas tradicionales empiezan a caminar de su mano, la pregunta no es si existe diálogo democrático; eso es inevitable, sino si la frontera entre negociación y mimetización ya fue cruzada.
Antonio Gramsci manifestó que el poder dominante no siempre derrota a sus críticos: a menudo los integra. Esa integración no se presenta como rendición, sino como “madurez política”. Traducido al español cotidiano: el sistema te felicita por dejar de incomodar. Lo que antes era discurso de ruptura ahora se reformula como gobernabilidad responsable. Y el aplauso institucional suena sospechosamente fuerte.
El argumento del pragmatismo aparece entonces como comodín universal. Gobernar exige acuerdos, repiten con solemnidad. Y es cierto, nadie gobierna en aislamiento moral, pero cuando el pragmatismo empieza a parecerse demasiado a la renuncia, la palabra pierde su inocencia. Frantz Fanon lo anticipó con brutal claridad: las élites surgidas de luchas populares corren el riesgo de convertirse en administradoras del orden que prometieron desmontar. No por maldad caricaturesca, sino por la seducción silenciosa del poder.
Aquí entra la ironía mayor: el sistema no necesita que abandones tus banderas; basta con que las conviertas en retórica ceremonial.Slavoj Žižek diría que el triunfo supremo del orden dominante es permitir la crítica. Siempre que no cambie nada esencial. La rebeldía institucionalizada deja de ser amenazada y pasa a ser legitimación estética.
Pierre Bourdieu aportaría otra advertencia: el capital simbólico, esa autoridad moral que permitió a Francia Márquez movilizar esperanzas, no es eterno. Se sostiene mientras exista coherencia perceptible entre discurso y acción. Cuando esa coherencia se erosiona, no es la oposición quien gana terreno: es la desconfianza.
Hablar de “traición” puede incomodar a los espíritus diplomáticos, pero el término circula porque captura una sensación política real: la distancia entre lo prometido y lo practicado. No es un juicio penal ni un linchamiento moral; es una reacción a la percepción de que la rebeldía fue invitada a la mesa… y decidió comportarse demasiado bien.
El maestro Fanon lo escribió: “Cada generación debe describir su misión, cumplirla o traicionarla”. La frase no acusa: advierte y hoy la pregunta que nos ronda no es si Francia Elena Márquez Mina, puede dialogar con el poder –eso es inevitable--, sino si ese diálogo está redefiniendo el sentido mismo de su proyecto.
Porque cuando los disidentes de manera simbólica aprenden del protocolo con demasiada rapidez, la transformación corre el riesgo de convertirse en ceremonia. Y la historia política latinoamericana está llena de rebeldías que terminaron siendo perfectamente compatibles con aquello que prometieron cambiar.
Tal vez no estemos viendo una traición clásica, esas que pertenecen a las novelas, pero sí un fenómeno más sutil: la domesticación elegante de una esperanza colectiva. Y cuando eso ocurre, el problema no es personal. Es político. Porque la decepción no nace del purismo ideológico, sino del reconocimiento de que el sistema, una vez más, parece haber ganado por absorción.

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