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Que no nos vuelvan a invitar solo para fotos


Que no nos vuelvan a invitar solo para fotos


Que no nos vuelvan a invitar solo para fotos

Una representación pendiente será el nuevo Gabinete Alternativo y las elecciones regionales de 2027: termina una campaña, bajan las banderas, desaparecen los equipos de sonido, las tarimas y los discursos dejan de escucharse en las plazas. Entonces comienza otra competencia, mucho más silenciosa: la disputa por los nombres.  


Por: Jefferson Montaño Palacio 

Es la temporada de las llamadas telefónicas, de las reuniones reservadas, de los cafés donde se reparten responsabilidades, de las hojas de vida que aparecen milagrosamente y de los dirigentes que descubren, de un día para otro, que siempre estuvieron comprometidos con el proyecto político vencedor. 


En esos días también aparece una vieja costumbre colombiana: buscar “un afro” para completar la fotografía. No para escuchar su voz, ni mucho menos para construir con ella o él, una agenda política. No para confiarle una responsabilidad estratégica. Simplemente para que la imagen refleje diversidad. 


Mientras tanto, en las veredas del Pacífico, en los barrios populares de Buenaventura, Quibdó, Tumaco, Guapi, Cartagena, Santa Marta, Valledupar y Barranquilla, continúan trabajando mujeres y hombres que llevan décadas organizando procesos comunitarios sin camarasa, sin contratos y sin titulares de prensa. Son quienes han aprendido a gestionar proyectos, resolver conflictos, defender consejos comunitarios, liderar organizaciones juveniles, impulsar iniciativas culturales, enfrentar el desplazamiento y sobrevivir al abandono estatal. 


Ellos casi nunca aparecen en las listas de los “imprescindibles”. Sin embargo, son precisamente esos liderazgos los que deberían ocupar hoy el centro de la discusión. 


La reciente orientación política del Pacto Histórico plantea la creación de un Gabinete Alternativo y la construcción de nuevos liderazgos territoriales como preparación para las elecciones regionales de 2027. Además, insiste en fortalecer la organización, proyectar liderazgos sectoriales y garantizar una representación territorial, social, generacional, étnica y de género. 


Ese propósito constituye una oportunidad extraordinaria. Pero también representa un enorme riesgo. Porque no ocurre únicamente por crear nuevas instancias organizativas. El verdadero cambio depende de quienes las integran. 


La historia política en Colombia demuestra que muchas transformaciones fracasan cuando reproducen las prácticas que prometen superar. Cambian los nombres, cambian los discursos, cambian los colores de las banderas, pero permanecen intactas las formas tradicionales de seleccionar los cuadros políticos: recomendaciones personales, cuotas internas, cálculos electorales y equilibrios burocráticos. 


La democracia comienza a deteriorarse cuando el mérito deja de ser el principal criterio para ejercer el liderazgo. Orlando Fals Borda insistió en que la organización popular constituye el verdadero fundamento de una democracia participativa. El liderazgo no se fabrica desde una oficina nacional; se construye caminando el territorio, escuchando a las comunidades y comprendiendo sus conflictos. 


Esa enseñanza conserva plena vigencia. El Gabinete Alternativo no necesita únicamente voceros. Necesitas personas capaces de pensar el país. Necesita economistas que conozcan las desigualdades regionales. Juristas que comprendan los derechos colectivos. Trabajadores sociales que hayan trabajado en los territorios. Académicos que dialoguen con los pueblos y comunidades. Mujeres y hombres que hayan demostrado capacidad para administrar lo público. Y, sobre todo, necesita liderazgos cuya legitimidad proviene de la confianza social y no únicamente de las relaciones internas de poder. 


En esa discusión existe una deuda histórica con el pueblo afrocolombiano. La representación del pueblo afroascendiente no puede seguir reducida a una silla protocolaria, a una fotografía institucional o a una cuota simbólica destinada a mostrar diversidad. 


Después de más de tres décadas de la Constitución de 1991, el debate ya no consiste en decidir si el pueblo afrocolombiano-afroascendiente debe participar. 


Ese derecho está reconocido. La verdadera discusión está en determinar desde qué lugares participan y con cuánto poder incidir realmente en las decisiones estratégicas. No basta con incorporar dirigentes afro a las estructuras políticas. Es importante que ocupen espacios donde se define la política económica, el ordenamiento territorial, la transición energética, la educación, la salud, la seguridad, la reforma agraria y la política internacional. 


La representación deja de ser real cuando únicamente se asignan responsabilidades relacionadas con asuntos étnicos. Un dirigente afro también puede dirigir un gabinete económico. Puede liderar una política industrial. Puede coordinar estrategias de innovación. Puede conducir procesos de planeación regional. Porque la capacidad política nunca ha dependido del color de la piel. Depende de la formación, la experiencia, la ética y la vocación de servicio. 


Las elecciones regionales de 2027 exigirán exactamente ese tipo de cuadros políticos. No celebridades de temporada, ni mucho menos influenciadores electorales. Tampoco candidatos improvisados seis meses antes de las inscripciones. Colombia necesita liderazgos que conozcan cómo funciona un presupuesto público, como se formula un plan de desarrollo, cómo se gobierna respetando la Constitución y cómo se construyen consensos sin sacrificar principios. 


Finalmente, el pueblo afrocolombiano necesita verse reflejado en esos perfiles. Pero también necesita sentirse interpretado, porque representar no significa únicamente parecerse. Representar significa comprender las heridas históricas de un territorio, defender sus intereses colectivos y responder con resultados. 


El nuevo Gabinete Alternativo del Pacto Histórico puede convertirse en una escuela de gobierno para la próxima generación de dirigentes democráticos. Las elecciones regionales pueden ser el escenario donde emergen nuevos liderazgos con capacidad de transformar sus territorios. Quizás entonces, cuando vuelvan las campañas y regresen las fotografías de grupo, el pueblo afrocolombiano deje de preguntarse por qué siempre aparece en la imagen, pero casi nunca en las decisiones. 


Ese día la representación dejará de ser una promesa electoral. Y comenzará, por fin, a parecerse a la democracia que Colombia todavía está construyendo para la vida. 




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