El antojo al poder
El pasado 9 de mayo, en la sede Casa Cépeda de Cali, se realizó el lanzamiento del movimiento “Afroconscientes”, un espacio que, en apariencia, buscaba fortalecer la participación política afroascendiente dentro de la campaña presidencial de los compañeros Iván Cepeda Castro y Aida Quilcué. Sin embargo, detrás de los discursos sobre inclusión y representación, ahí comenzó a evidenciarse una vieja enfermedad de la política colombiana: esta es la obsesión por el acceso directo al centro del poder, evitando deliberadamente los enlaces regionales y los procesos territoriales construidos durante años por liderazgos afroascendientes en el Valle del Cauca.
Por: Jefferson Montaño Palacio
La situación no es menor. Lo que está en juego no es únicamente una disputa interna de campaña, sino la manera en que históricamente se ha administrado la representación política del pueblo afroascendiente en Colombia. Cada vez que aparecen actores recientes que buscan “saltar en paracaídas” las estructuras regionales al interior de la campaña para conectarse directamente con Bogotá o/y con el candidato presidencial, debilitando el tejido organizativo local y se reinstale una lógica colonial del poder: la legitimidad ya no nace del territorio, sino de la cercanía personal con el centro político.
Max Weber, explicó que el caudillismo moderno se sostiene sobre formas de dominación carismática donde el líder concentra simbólicamente la autoridad y las personas buscan legitimarse a través de su proximidad con él. En contextos de fragilidad institucional, el militante deja de creer en los procesos colectivos y empieza a creer únicamente en el contacto directo con la figura central. Entonces la política deja de ser construcción popular y se convierte en una peregrinación hacia el poder.
Eso parece estar ocurriendo en algunos sectores alrededor de la campaña de Iván Cepeda Castro y Aida Quilcué en el Valle del Cauca. Algunos actores emergentes que acompañaban otras candidaturas presidenciales consideran más útil construir relaciones individuales con la dirección nacional que fortalece el acumulado político afroascendiente regional. Creen que el acceso privilegiado les permitirá obtener reconocimiento, candidaturas, representación o interlocución exclusiva. Pero esa lógica termina destruyendo la orientación organizativa territorial, promoviendo una peligrosa competencia por la cercanía al poder político.
Antonio Gramsci ha señalado que los movimientos populares fracasan cuando pierden conexión con sus bases organizadas y reemplazan la construcción colectiva por relaciones personalistas. La hegemonía no se construye desde fotografías con el dirigente nacional ni mucho menos desde reuniones cerradas en sedes políticas; se construye en los barrios, los consejos comunitarios, las universidades, los procesos culturales y las luchas históricas del territorio. Cuando una campaña ignora o minimiza esos enlaces regionales, termina reproduciendo el mismo centralismo que durante décadas ha marginado al pueblo afroascendiente en el país y el globo.
Bell Hooks sostiene que uno de los grandes peligros de las políticas identitarias es convertir la representación en una competencia individual por visibilidad, dejando de lado la transformación estructural. Y precisamente eso comienza a surgir cuando algunos sectores utilizan el discurso afro como plataforma de ascenso político personal, mientras desprecian liderazgos históricos construidos con esfuerzo en el Valle del Cauca y el país. No se trata de ampliar la participación; se trata de reemplazar interlocutores para acercarse más rápido al centro del poder.
El problema se vuelve más delicado porque los pueblos afroascendientes en Colombia han sufrido históricamente mecanismos de fragmentación política impulsados desde el centralismo nacional y liderazgos cuestionados.
La pregunta es inevitable: ¿Puede una campaña alternativa reproducir las mismas prácticas centralistas que históricamente criticó? Porque cuando las regiones sienten que deben “buscar palanca” directamente en Bogotá para ser escuchados, lo que fracasa no es solo una estrategia organizativa; fracasa la promesa misma de democratización política.
Finalmente, el Valle del Cauca posee una tradición poderosa de liderazgo afroascendiente, construida desde procesos sociales, académicos, culturales y comunitarios que no pueden ser reducidos a eventos coyunturales o plataformas improvisadas de campaña. Desconocer esos acumulados históricos es abrir la puerta a una política de caudillos regionales subordinados al centro nacional. Y cuando eso ocurre, el movimiento deja de pertenecer a las comunidades y comienza a girar alrededor de pequeños círculos de acceso privilegiado.
La campaña de Iván Cepeda Castro y Aida Quilcué tiene hoy un desafío fundamental: demostrar que el cambio no consiste solamente en cambiar nombres o discursos, sino también en transformar las formas de hacer política. Si el proyecto quiere representar auténticamente a los pueblos históricamente excluidos, debe fortalecer las mediaciones territoriales y respetar los liderazgos regionales afrocolombianos, en lugar de incentivar la competencia por acceso directo al poder capitalino.
Porque cuando la política se convierte en una carreta por la cercanía con el líder, el movimiento pierde alma, pierde territorio y terminan lacerando hasta desconocerse. ¡Iván Cepeda Castro en Primera!

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