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Creo en ti: Axan Duque Gámez


Creo en ti: Axan Duque Gámez


Creo en ti: Axan Duque Gámez  


Por estos días, el nombre de Paloma Valencia ha irrumpido en el debate público no solo por su aspiración presidencial, sino por sus señalamientos frente al caso de Axan Duque Gámez, a quien se le ha atribuido un presunto acto de acoso sexual derivado de un error en el envío de una imagen íntima. Más allá de las simpatías o antipatías políticas, este episodio exige una reflexión profunda: ¿estamos ante un caso de justicia o frente a una peligrosa manifestación de juicio mediático que vulnera derechos fundamentales?  



Por: Jefferson Montaño Palacio


La defensa de los derechos humanos no puede ser selectiva ni mucho menos instrumental. Como sostiene uno de los jurídicos y garantistas más destacados de Italia, Luigi Ferrajoli, el Estado de derecho se sostiene en la garantía de los derechos incluso —y sobre todo— en situaciones de crisis o presión social. La presunción de inocencia no es un formalismo jurídico; es una barrera civilizatoria contra el autoritarismo social. En este caso, el propio comunicado de defensa señala que el hecho corresponde a un error involuntario, reconocido de inmediato, acompañado de disculpas y de la renuncia voluntaria al cargo. ¿No es cierto, acaso, una manifestación concreta de responsabilidad ética? 


El problema emerge cuando el debate se traslada del terreno jurídico al escenario político-mediático. En esa arena, los hechos pierden matices y se convierten en armas. Como lo plantea Michel Foucault, el poder no sólo reprime, sino que produce “verdades” a través de discursos dominantes. En este caso, el riesgo es claro: que una narrativa política configure una condena social anticipada, sin el debido proceso, sin investigación concluyente, sin garantías. 


No se trata de minimizar la gravedad de cualquier conducta que pueda afectar la dignidad de una mujer. La lucha contra el acoso sexual es legítima, urgente e irrenunciable. Pero precisamente por su importancia, no puede ser banalizada ni utilizada como herramienta de confrontación política. Como señala la filósofa y feminista Judith Butler, los marcos de reconocimiento determinan qué vidas son consideradas dignas de protección y cúales son fácilmente desechables. Si convertimos cualquier error —sin contexto ni proporcionalidad— en delito público consumado, debilitamos la causa misma que decimos defender. 


Aquí hay un punto crucial: la diferencia entre intención y error. El derecho penal moderno, como lo subraya el maestro y penalista Eugenio Raúl Zaffaroni, se fundamenta en la culpabilidad, no en la mera ocurrencia de un hecho. Castigar sin probar intención dolosa o conducta reiterada es abrir la puerta a un sistema punitivo arbitrario, donde la reputación se destruye sin garantías. 


La intervención de figuras en casos no resueltos judicialmente introduce un elemento adicional de preocupación. Cuando una candidata presidencial señala públicamente a un ciudadano, el desequilibrio de poder es evidente. No es un debate entre iguales: es la voz amplificada del poder político frente a la vulnerabilidad del individuo. En términos de Hannah Arendt, esto puede conllevar en términos sutiles de violencia simbólica que contaminan el espacio público y la confianza en las instituciones. 


Defender los derechos humanos de Axan Duque Gámez no implica desconocer los derechos de la funcionaria involucrada. Implica, por el contrario, exigir que ambos sean protegidos bajo los mismos principios: verdad, debido proceso, proporcionalidad y dignidad. La justicia no puede ser reemplazada por el trending topic, ni mucho menos la ética por la conveniencia electoral. 


Finalmente, Colombia enfrenta un desafío mayor: resistir la tentación del linchamiento digital y reafirmar su compromiso con un Estado de derecho garantista. Porque hoy es Axan Duque Gámez, pero mañana puede ser cualquier ciudadano expuesto al tribunal implacable de la opinión pública.


En tiempos donde la política se alimenta de escándalos, defender los derechos humanos no es una postura cómoda. Es, precisamente, una postura necesaria. Mi recomendación respetuosa es que ni un voto para Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella. ¡Iván Cepeda Castro presidente en primera! 


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