Benkos
Biohó: el derecho a la salud en el Pacífico
Durante casi una década he tenido el privilegio y también el desafío de
llevar salud a territorios donde la presencia del Estado ha sido intermitente o
insuficiente. Como odontólogo y trabajador de la salud en territorio, he
recorrido ríos, trochas y poblados en el Chocó, el Cauca y el Valle del Cauca,
comprendiendo que las desigualdades en el acceso a la salud no son
accidentales, y corresponden al resultado de procesos históricos, sociales y
estructurales.
Por: Juan Manuel Mosquera Sinisterra
En este camino, la experiencia con el barco hospital San Raffaele
permitió articular esfuerzos desde el trabajo humanitario, consolidando una
práctica que atiende necesidades inmediatas y construye confianza y
reconocimiento en las comunidades.
Fueron 15 días río arriba por el río Saija, en Santa Rosa… y desde el
primer día entendimos que nada iba a ser “normal”. Entre risas, turnos
interminables y hasta consultas improvisadas con linterna porque la luz se iba,
logramos algo muy bonito: unir la brigada con el trabajo en territorio y
atender de verdad, con todo el corazón. La gente nos adoptó rápido. Ya no éramos “los
profesionales”; éramos parte de ellos. Nos cuidaban, nos hacían reír, hasta nos
regañaban si no comíamos bien. Pero el final… ese sí dolió. Abrazos que no
querían soltarse, palabras entrecortadas, mucha gratitud y muchas lágrimas. Nos
dijeron que nunca habían vivido algo así… y nosotros supimos que tampoco íbamos
a volver a ser los mismos después de irnos.
En este contexto, la posibilidad de ser parte del buque hospital Benkos Biohó representa un punto de inflexión en la forma en que el Estado se relaciona con los territorios históricamente excluidos. No se trata únicamente de ampliar la capacidad de atención; se trata de reconocer que existen poblaciones para las cuales el derecho a la salud ha sido limitado por barreras de acceso, abandono institucional y desigualdades acumuladas.
Como lo plantea Paul Farmer, la
enfermedad y la muerte no pueden entenderse al margen de las condiciones
sociales que las producen, por lo que la salud está atravesada por lo que
denomina violencia estructural: sistemas históricos de desigualdad que
distribuyen de manera diferencial la vida y la muerte. He visto de cerca que en
muchos lugares la distancia no es solo geográfica, también es histórica y
política, y por ello cualquier intervención en salud debe partir de una lectura
crítica de estas condiciones, orientada no solo a atender síntomas, sino a
transformar las estructuras que los producen.
El carácter simbólico de este proyecto también es significativo. El nombre
de Benkos Biohó remite a una historia de resistencia, dignidad y lucha por la
libertad, lo cual interpela directamente las formas contemporáneas de
exclusión. Hoy, llevar salud a las poblaciones afro e indígenas del Pacífico
implica enfrentar barreras asociadas a la inequidad, al racismo estructural y a
la falta de reconocimiento de sus saberes. En ese sentido, este proyecto acerca
servicios y abre la posibilidad de construir un modelo de atención que dialogue
con las prácticas culturales, reconozca las epistemologías locales y se
construya desde el territorio.
Desde esta perspectiva, la atención extramural adquiere un sentido
estratégico. No basta con desplazar brigadas o transportar insumos; es
necesario comprender las dinámicas sociales, respetar las cosmovisiones y
generar relaciones de confianza que permitan procesos sostenibles. En
coherencia con ello, el modelo de salud que se requiere debe orientarse hacia
la prevención, la anticipación y la capacidad de resolución en el territorio,
evitando que las comunidades tengan que asumir cargas desproporcionadas para
acceder a servicios básicos.
Por tanto, la llegada del buque hospital Benkos Biohó constituye un
avance relevante en la materialización del derecho a la salud consagrado en la
Ley Estatutaria 1751. Este tipo de iniciativas permite acercar servicios de
mayor complejidad a poblaciones que han estado al margen, transformando una
promesa normativa en una experiencia concreta para las comunidades. Sin
embargo, este avance también plantea desafíos importantes, ya que su impacto
dependerá de la capacidad institucional para articular esfuerzos, garantizar
continuidad y consolidar un modelo que no se limite a intervenciones puntuales.
En este horizonte, la costa pacífica de Nariño emerge como un territorio
prioritario y como un compromiso personal y colectivo. Aunque aún no he tenido
la oportunidad de trabajar allí, es claro que sus dinámicas reflejan
problemáticas compartidas en el Pacífico colombiano, lo que hace urgente
fortalecer estrategias de presencia estatal que respondan a sus
particularidades. En consecuencia, avanzar hacia una mayor equidad territorial
en salud implica garantizar la cobertura y transformar las formas en que el
Estado se aproxima a estos territorios.
Finalmente, este momento invita a replantear de manera más amplia el
modelo de salud en Colombia. No se trata únicamente de resolver déficits
logísticos, se trata de garantizar que el acceso a la salud sea efectivo, digno
y sin barreras para todas las personas, independientemente de su lugar de
origen. En este sentido, más que un avance técnico, lo que está en juego es la
continuidad de una lucha histórica por la dignidad, que hoy encuentra en el
derecho a la salud una de sus expresiones más concretas.

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