Bogotá, D.C., 09 de enero de 2026
Despedida a la militancia orgánica del Proceso de Comunidades Negras de Colombia
(PCN)
Cuando acabe este verso que canto
Yo no sé, yo no sé, madre mía
Si me espera la paz o el espanto;
Si el ahora o si el todavía.
Pues las causas me andan cercando
Cotidianas, invisibles.
Y el azar se me viene enredando
Poderoso, invencible.
Silvio Rodríguez
A los nueve años de edad, cursando quinto de primaria en la Escuela Santa Clara de Asís de Santa Bárbara de Timbiquí, Cauca, comenzó el despertar de mi conciencia política revolucionaria. Fue entonces cuando, ante las reiteradas e injustificadas ausencias de nuestro profesor de matemáticas, lideré y organicé una protesta estudiantil que logró su suspensión por tres meses.
Este hecho fue apenas el inicio. Al ingresar al bachillerato en el Colegio Justiniano Ocoró de Timbiquí, entré a formar parte del Consejo Estudiantil. Desde ese espacio hice parte de diversas movilizaciones, paros y protestas por una educación pública digna para nuestros pueblos del Pacífico. El amor al pueblo y la rebeldía palenquera que llevo dentro encontraron un nuevo lugar al ser admitida en el programa de Antropología de la Universidad del Cauca, en Popayán. Desde el primer día, con la convicción clara de a qué venía, tomé mi morral y salí a las calles a gritar: ¡Viva la universidad pública! Me situé en la primera línea de cada lucha: en los paros, los campamentos, las asambleas y la representación estudiantil.
Esa convicción revolucionaria se transformó en un proyecto más profundo junto a mi hermano Isnel Quiñones. Conspiramos con la idea de fundar un espacio radical de reflexión política e intelectual para estudiantes negros. Con chapola en mano, recorrimos cada rincón de la universidad convocando a nuestra causa. Así nació el Palenque de Estudiantes Negros de la Universidad del Cauca. La convocatoria trascendió los muros de nuestra universidad, llegando a hermanas y hermanos de otras instituciones, como la Fundación y la Autónoma; incluso llegaron personas de todos los colores.
Lo que estaba ocurriendo en la Universidad del Cauca no era un hecho aislado, sino parte de una conexión histórica que se enlazaba con procesos similares en varias universidades públicas del país. Emergía una necesidad común: encontrarnos a nivel nacional jóvenes negros revolucionarios y revolucionarias para pensar colectivamente un proyecto radical de liberación para el país. Fue así como convergimos en el Primer Encuentro Nacional de Estudiantes Negros (ENEUA), convocado por el CEUNA en la ciudad de Bogotá, en el año 2007.
Fueron años a la vez duros y hermosos para nuestra generación. Un tiempo de debates interminables, desencuentros, correlaciones de fuerza, peleas necesarias y profundas contradicciones. Nos recorrimos casi todo el país con la certeza de estar haciendo lo correcto por amor al pueblo. Logramos sortear la muerte, y aquí estamos: vivas y vivos, cuando muchas y muchos no pudieron contarlo.
Tras años de idas y venidas en el movimiento estudiantil, transité hacia la lucha campesina negra, la lucha por la defensa del territorio colectivo —el ejido. Encontré una casa para hacerlo bonito y con el corazón bien puesto en el Proceso de Comunidades Negras (PCN). El trabajo orgánico en las comunidades, las asambleas interminables, los debates álgidos, las lecturas políticas de coyuntura y las distintas escuelas me emocionaron profundamente. Daba la vida, la energía, los sueños y todo lo que en ese momento tenía para ir a participar, porque no tenía nada que perder. Todo eso lo llevo conmigo.
El PCN fue una escuela. De allí aprendí la palabra dignidad. Nunca olvidaré cuando, desde la mesa de jóvenes, creamos una guardia cimarrona en el Primer Congreso Autónomo en Quibdó, en 2013, para salvar el Congreso. Nos tomamos la asamblea para crear la Autoridad Nacional Afrocolombiana. Eso fue poesía.
Poco a poco se fue expandiendo mi conciencia política revolucionaria, al mismo tiempo que conocía la intimidad del quehacer del PCN: la minucia de las decisiones, la forma en que pocas personas pueden hablar, estar y representar; el cercamiento a las ideas, al pensamiento y a la contradicción. La ligereza con la que se decide qué va adelante y qué queda atrás; el ahorcamiento de lo que se sale de lo normado, de lo que trasciende los límites de lo establecido; y la expulsión silenciosa de militantes, sin balances rigurosos, son también parte de la práctica política de un espacio que no logra verse a sí mismo como revolucionario.
Cuando prima más la constancia fija y aturdidora que la beligerancia de un cuadro formado con toda el agua en los pies; cuando pesa más el clan familiar que la construcción colectiva; cuando vale más la obediencia que la imaginación y la utopía, estamos frente a la decadencia de la política.
A mi generación le digo: pensé que sopesaría más la rebeldía que la obediencia; pensé que habría convicción para conspirar de las manos y pasar los límites; pensé que la minoría de edad política la pelearíamos con altivez.
Después de varios caminos recorridos juntas y juntos, envío esta carta de despedida como militante del Proceso de Comunidades Negras. Me voy con la belleza, porque una no puede odiar aquello que ha amado. Me voy sin renunciar a la lucha, sin renunciar al pueblo, sin renunciar a la dignidad aprendida. Me voy sabiendo que la militancia no se extingue con una despedida, que la rebeldía no cabe en una estructura, y que la política, cuando es verdadera, siempre encuentra otros nombres, otros ríos y otras formas de volver a nacer.
Atentamente,
Amanda Hurtado Garcés
1 Comentarios
Interesante trayectoria, conozco parte de ella. Ahora, para mi hoy en dia es evidente el deterioro y perrateria del PCN, entidad que nacio como una excelente propuesta nacional negra. Pero sus líderes actuales, la mayoria izquierdo machos homofóbicos, solo están atrás de dinero y de la migajas de "poder" que los blancos mestizos de derecha/izquierda les arrojan al piso.
ResponderEliminarDarwin Balanta