Los criollos sin nación
Hay diferencias que parecen irreconciliables… hasta que descubrimos que existen antagonismos mucho más profundos. La historia ofrece innumerables ejemplos. Uno de los más reveladores ocurrió en China, cuando los comunistas y los nacionalistas procapitalistas del Kuomintang —enfrentados en una guerra civil— pactaron una tregua entre 1936 y 1945 ante la ocupación japonesa. Aquella suspensión de hostilidades no fue reconciliación ni renuncia ideológica; fue comprensión estratégica. Ambos sectores entendieron que, pese a sus diferencias radicales, el imperialismo japonés representaba una amenaza mayor para la existencia misma de la nación. La lección es clara: cuando la soberanía está en riesgo, la contradicción principal se redefine.
Por: Carlos Adalberto Ángulo Góngora
Hoy, en nuestra historia regional, asistimos a un espectáculo vergonzoso: élites de países como Colombia y Venezuela suplican la intervención del imperialismo norteamericano, esperando administrar las ruinas que pudiera dejar una agresión extranjera. Esa actitud revela la esencia de oligarquías colonizadas, mentalmente subordinadas, incapaces de dirigir pueblos que comienzan a despertar del largo letargo inducido por siglos de dominación.
No comprenden que sus discursos pierden eficacia porque nuestros pueblos ya no son los mismos. Hemos aprendido a leer la historia con mirada crítica. Sabemos reconocer la naturaleza del imperialismo y entendemos que quien pide la intervención extranjera contra su propio país se despoja, voluntariamente, de toda legitimidad moral. No generan respeto; generan desprecio. Ningún pueblo que haya iniciado su proceso de conciencia puede mirar con buenos ojos a quienes se ofrecen como intermediarios del saqueo.
Las élites que estarían dispuestas a sacrificar a sus propios hermanos por conservar privilegios heredados no representan futuro alguno. Por eso, los pueblos debemos reafirmar un nacionalismo consciente y soberano: no como consigna vacía, sino como compromiso histórico con la autodeterminación.
Pero este debate no puede quedarse en la superficie. En el caso de la gente negra en Colombia, comprender el presente exige sumergirse mucho más allá de los límites que el colonialismo nos impuso. No basta con repetir discursos de lucha; es necesario reconectar con las raíces profundas de nuestro linaje ancestral y con la dimensión real de nuestro aporte histórico.
Quien aspire a dirigir políticamente a la gente negra tiene la obligación ética de conocer esa historia en toda su profundidad: más allá de la llegada forzada a América, más allá incluso de la grandeza africana anterior a la esclavización. Resolver problemas estructurales con ideas superficiales solo produce limosnas políticas. Y nuestro pueblo no es mendigo de la nación.
No se trata de subsidios ocasionales ni de asistencialismo que apenas resuelve necesidades inmediatas. Se trata de reconocer el sacrificio fundacional del pueblo negro en la construcción económica, cultural y política de este país, y de asumir las consecuencias históricas de un sistema racista que ha perpetuado exclusión y marginalidad. La deuda social con nuestra gente es de tal magnitud que la deuda externa del Estado parecería insignificante en comparación con el aporte acumulado por generaciones enteras de trabajo forzado y resistencia.
Tampoco se trata de la interculturalidad folclorizada que convierte nuestra identidad en decoración estética para campañas políticas. No somos la “melanina” que adorna fotografías partidistas ni el símbolo conveniente de un pluralismo superficial.
La inclusión no consiste en ubicar algunos nombres negros en un tarjetón electoral para simular amplitud democrática. Gobernar este país exige comprender la historia de sus pueblos más empobrecidos y construir, junto a ellos y a sus liderazgos legítimos, políticas transformadoras capaces de revertir la herencia de la esclavización y abrir horizontes reales de dignidad.
No aceptamos que nuestros discursos sean aprendidos de memoria y luego declamados por voceros sin conexión histórica con nuestra realidad. La representación sin conciencia es otra forma de despojo.
Ya basta de ser instrumentos coyunturales en las disputas de poder de élites que se comportan como aves de rapiña. Quien no sea capaz de sumergirse en las entrañas históricas de nuestros pueblos no podrá ofrecer más que reformas cosméticas. Y nuestros pueblos necesitan transformaciones estructurales.
Hemos pagado el precio más alto durante más de cuatro siglos. No existe amenaza contemporánea que supere la brutalidad del sistema esclavista que soportaron nuestros ancestros. Por eso no aceptamos que nos administren el miedo ni que nos vendan como progreso lo que apenas es continuidad maquillada.
Tampoco aceptamos la versión simplificada de la historia que pretende hacernos creer que fuimos esclavizados por “unos” hombres blancos deshumanizados y liberados por “otros” hombres blancos humanistas a quienes deberíamos agradecer eternamente. Esa narrativa invisibiliza la resistencia negra, las rebeliones, los palenques, las guerras de independencia y la lucha decisiva por la abolición. Somos descendientes del pueblo que enfrentó y derrotó el sistema esclavista, no beneficiarios pasivos de una libertad concedida.
Si no profundizamos nuestro conocimiento histórico, jamás podremos navegar con lucidez en la vida política nacional. Necesitamos distinguir con claridad quiénes son aliados estratégicos, quienes son hermanos en la lucha y quiénes representan amenazas reales para la dignidad colectiva.
El cambio que buscamos no puede ser superficial. Debe ser estructural, reflexivo y auténticamente libertario: un cambio que nazca de los pueblos, que transforme las bases materiales de la exclusión y que inaugure una forma de existir donde ningún pueblo tenga que agradecer por derechos que le pertenecen por condición humana.
Solo quienes se atrevan a sumergirse en esa profundidad estarán preparados para conducir esa transformación.

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