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Cuando el secuestro es colonizar


Cuando el secuestro es colonizar


Cuando el secuestro es colonizar


En América Latina no necesitamos demasiadas explicaciones para entender lo que significa que un gobierno de EE.UU., anuncié el arresto de un presidente extranjero. Nuestra historia está escrita con intervenciones, derrocamientos, bloqueos, invasiones diplomáticas y tutelas disfrazadas de legalidad. Por eso, el anuncio del gobierno de Donald Trump sobre la supuesta captura del presidente venezolano Nicolás Maduro no es un hecho aislado ni mucho menos novedoso: es la reactivación de la memoria regional que nunca ha terminado de cerrarse. 



Por: Jefferson Montaño Palacio


Desde Guatemala en 1954 hasta Chile en 1973; desde Panamá en 1989 hasta Honduras en 2009, como el asesinato en mayo de 2011 de Osama Bin Laden, en Pakistán, por tropas especiales de la Marina de EE.UU., bajo el gobierno de Barack Obama, América Latina ha sido el laboratorio donde Washington ha ensayado su doctrina de seguridad, su idea de “democracia” y su derecho auto atribuido a decidir quién gobierna. Como lo señala Gregorio Selser, la intervención no siempre llega con marines: muchas veces llega con decretos, sanciones, jueces y comunicados oficiales. 


La pretensión de arrestar a Nicolás Maduro viola abiertamente el principio de soberanía estatal y de inmunidad presidencial, pilares básicos del derecho internacional. Pero en el contexto latinoamericano, esta violación tiene una carga simbólica mayor: confirma que, para ciertos sectores del poder yanqui, la región sigue siendo su “patio trasero”. Aníbal Quijano lo definió con precisión como colonialidad del poder: un orden mundial donde algunos Estados se arrogan el monopolio de la legalidad y la moral. 


No se trata aquí de absolver al gobierno venezolano de sus responsabilidades internas. La crisis económica, el deterioro institucional y el sufrimiento cotidiano del pueblo venezolano son realidades innegables. Sin embargo, como advierte Boaventura de Sousa Santos, no existe justicia cuando los derechos humanos se aplican selectivamente y al servicio de intereses geopolíticos. EE.UU., no actúa como garante universal de la democracia, sino como actor político con agenda propia. 


En Colombia, esta discusión debería interpelarnos de manera especial, como dice Gustavo Santana Perlaza. Durante décadas, el país fue escenario de la implementación más fiel de la política exterior de EE.UU., en la región: Plan Colombia, bases militares, cooperación condicionada y silencios estratégicos frente a violaciones de derechos humanos. ¿Con qué autoridad moral se pretende hoy juzgar a otros gobiernos cuando el propio historial regional está marcado por la impunidad y la doble moral?  


El gobierno de Trump es —la expresión del nacionalismo autoritario— recurre al espectáculo del castigo para reafirmar poder. Como lo dijo Hannah Arendt, cuando la política se vacía de deliberación, se llena de gestos teatrales que normalizan la excepción. El secuestro de Nicolás Maduro no busca justicia internacional; busca enviar un mensaje disciplinador al resto de América Latina y mandatarios: la desobediencia se paga.   


Venezuela, más que un país aislado, es un espejo incómodo para la región. En su confrontación con EE.UU., se condensan los límites del multilateralismo, la fragilidad de la CELAC, la debilidad de la OEA y el silencio estratégico de muchos gobiernos que prefieren no incomodar al poder hegemónico. Raúl Prébisch ya nos advertía mediante su teoría que la dependencia no es solo económica, sino política y cultural. 


Frente a este escenario, América Latina tiene dos caminos: aceptar pasivamente que se normalicen las amenazas extraterritoriales o recuperar una voz regional autónoma, basada en el derecho internacional y la no intervención. Defender la soberanía venezolana no equivale a respaldar un modelo político específico; equivale a respaldar un principio que protege a todos los Estados del Sur. 


Como recordó Simón Bolívar, “los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias en nombre de la libertad”. Dos siglos después, la advertencia continúa vigente. El problema no es Maduro; es la arrogancia de un poder que se cree juez, policía y verdugo del mundo.  


Finalmente, en tiempos de incertidumbre global, América Latina necesita menos alineamientos automáticos y más memoria histórica. Porque cuando un presidente puede ser secuestrado simbólicamente desde Washington, lo que está en juego no es solo Venezuela, sino la dignidad política de toda la región.  


Frantz Fanon nos dejó para la vida su tesis sobre el colonialismo que no desaparece: se reinventa. Hoy somos testigos del fenómeno de titulares sin análisis rigurosos, sanciones extraterritoriales y amenazas judiciales sin jurisdicción. Frente a esta realidad, la conciencia crítica sigue siendo el primer actor de soberanía y desobediencia popular. 



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