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La democracia incompleta: el hombre abstracto


La democracia incompleta: el hombre abstracto

La democracia incompleta: el hombre abstracto

La democracia ha sido, a lo largo de la historia, menos un sistema acabado que una promesa en permanente disputa. Su aparente solidez conceptual oculta una verdad incómoda: ha sido moldeada, reinterpretada e incluso instrumentalizada según los intereses de quienes detentan el poder. Esa plasticidad, lejos de ser una virtud en sí misma, ha permitido que la democracia avance con una preocupante amnesia histórica, como si fuese un transeúnte que olvida, una y otra vez, los episodios más oscuros de su propio recorrido.


Por: Mauricio Lemos Mosquera

No es un asunto menor. Durante siglos, la democracia coexistió sin mayor contradicción con la esclavitud de millones de personas arrancadas de África. Más tarde, necesitó intensas luchas sociales para reconocer algo que hoy parece elemental: el derecho de las mujeres a participar políticamente. Estos hechos no son simples anomalías del pasado; son pruebas contundentes de que la democracia nunca ha sido plenamente inclusiva, sino un campo de tensiones donde la igualdad ha debido conquistarse, no asumirse.

En el fondo de esta paradoja se encuentra una de las bases más problemáticas de la tradición política moderna: la idea de un sujeto abstracto. La democracia liberal fue edificada sobre la noción de un individuo universal, racional y formalmente igual ante la ley. Sin embargo, ese sujeto —proclamado como fundamento de la vida política— no ha coincidido con los seres humanos reales, atravesados por la pobreza, la historia colonial, la raza, el género y la desigualdad estructural.

Se trata, en otras palabras, de una ficción útil para el diseño institucional, pero profundamente limitada para comprender la vida social. Ese “hombre abstracto” de la Ilustración nunca ha pasado hambre, nunca ha sido colonizado, nunca ha sido excluido por su color de piel ni por su lugar en la estructura económica. Es un sujeto sin historia, sin cuerpo y sin conflicto.

La experiencia histórica ha demostrado, sin embargo, que la sociedad no se construye desde la abstracción, sino desde la interdependencia. Los seres humanos existen en relación con otros, en contextos concretos, en condiciones materiales que determinan sus posibilidades reales de participación. La democracia, cuando ignora esta realidad, deja de ser un proyecto de igualdad para convertirse en un dispositivo formal que convive con profundas injusticias.

El caso colombiano es revelador. La historia jurídica del país muestra que la democracia no ha sido un sistema terminado, sino un proceso de corrección constante de sus propias exclusiones. Desde la abolición de la esclavitud en 1851, pasando por el reconocimiento del voto femenino en 1954, hasta la Constitución de 1991 y las legislaciones contemporáneas sobre víctimas, igualdad de género y derechos de las minorías, cada avance ha sido el resultado de luchas sociales que obligaron al sistema a ampliarse.

Esto evidencia una verdad fundamental: la democracia colombiana no nació incluyente; ha sido forzada a serlo. En este contexto, resulta imprescindible recuperar una de las voces más potentes del pensamiento político nacional: Jorge Eliécer Gaitán. Su crítica rompe de manera frontal con la noción abstracta del sujeto democrático. Para Gaitán, el verdadero fundamento de la democracia no es un individuo idealizado, sino el pueblo real, ese que vive en condiciones de desigualdad, hambre y exclusión.

Su afirmación —“el hambre no puede ser compatible con la democracia”— no es una consigna retórica, sino una interpelación radical al modelo liberal. Introduce un criterio material de legitimidad: no puede haber democracia donde las condiciones de vida niegan la dignidad humana.

Esta crítica encuentra eco en el pensamiento de Karl Marx, quien advirtió que la igualdad proclamada por el liberalismo es, en gran medida, formal. El reconocimiento jurídico de derechos no elimina por sí mismo las desigualdades económicas que estructuran la sociedad. Así, la ciudadanía política puede coexistir con relaciones profundas de dominación y explotación.

La democracia, entonces, puede garantizar libertades en el papel mientras mantiene intactas las condiciones que hacen imposible ejercerlas plenamente.

A esta crítica se suma una dimensión aún más profunda: la colonial. Pensadores como Frantz Fanon mostraron que el universalismo democrático europeo estaba atravesado por una contradicción estructural. Mientras proclamaba la libertad y la igualdad como principios universales, sostenía simultáneamente sistemas coloniales basados en la violencia, la segregación y la explotación racial.

El mundo colonial —como lo describió Fanon— no era un espacio de igualdad, sino un territorio dividido, jerarquizado y profundamente desigual. Esta realidad pone en evidencia que el sujeto universal de la democracia moderna no solo es abstracto, sino también excluyente: fue construido desde una experiencia histórica particular que dejó por fuera a millones de seres humanos.

En América Latina, esta crítica ha sido ampliada por pensadores como Enrique Dussel, quien sostiene que la modernidad europea no puede entenderse sin el proceso de colonización. La idea de universalidad, lejos de ser neutral, se construyó sobre la negación de otros sujetos históricos, situados fuera del reconocimiento político.

Desde esta perspectiva, la democracia moderna aparece atravesada por una contradicción fundamental: proclama la igualdad mientras reproduce estructuras de exclusión. Frente a este panorama, la democracia no puede seguir pensándose como un sistema cerrado ni como una conquista definitiva. Es, más bien, un campo de disputa permanente, donde se enfrentan proyectos de sociedad, visiones del mundo y formas de entender lo humano.

Sus promesas emancipadoras son reales, pero también lo son sus límites. El desafío contemporáneo consiste en ir más allá de la democracia formal. No basta con garantizar derechos en el plano jurídico si las condiciones materiales de existencia siguen marcadas por la desigualdad, la pobreza y la exclusión. No basta con reconocer al individuo si no se reconocen las estructuras que determinan su vida.

La democracia del futuro deberá romper con la ficción del hombre abstracto y asumir, de manera radical, la complejidad del ser humano real. Un ser humano situado en la historia, en la cultura, en el territorio y en las relaciones de poder que lo atraviesan.

Solo entonces la democracia dejará de ser una promesa incompleta. Solo entonces podrá convertirse en lo que siempre ha dicho ser: un proyecto común donde cada vida, sin excepción, sea digna de ser vivida.

 

Mauricio Lemos Mosquera

Olori’ire, es Ingeniero en Telecomunicaciones, poeta y estudiante de filosofía. Su pensamiento articula lo técnico, lo estético y lo crítico como formas de comprensión del mundo. En el ámbito espiritual, se sitúa como sacerdote de ifa awo Orunmila.

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